por Juan Arias Bermeo | Dic 13, 2022 | Más Ficciones
Baltra, la isla de los adioses. Aquí, el mote, ha desplazado al nombre oficial de Isla Seymour Sur. No se sabe a ciencia cierta de dónde proviene la palabra Baltra, no aparece en el diccionario actualizado de la RAE, y poco o nada aporta el significado acorde con el Diccionario histórico de la lengua española 1933 – 1936, a saber: [BALTRA, f. Sal. Vientre, panza. «Algo les hace escupir \ un bejuquillo de la ampa. \ pero aun les queda repleto \ el estómago y la baltra,» Villarroel, Obr., ed. 1794, t. 11, p. 97 ].
En todo caso, Baltra, tiene mucho más que enseñar que el pintoresco aeropuerto de ingreso al archipiélago encantado. El condumio acá son las vibraciones de los especímenes de Conolophus subcristatus (Iguana Terrestre de Las Galápagos). Cuando el turista arriba no se entretiene en las instalaciones del aeropuerto ni en los alrededores que asoman desérticos, sino que va apurado pensando en su destino final. La isla de los adioses, de suelo de arcilla rojiza que alberga rala vegetación leñosa, palos verdes espinados, cactus candelabro y opuntias, tiene lo justo para dar sombra y alimento a los lagartos que también se benefician de las madrigueras que han dejado las ruinas a la vista de la base aérea estadounidense abandonada hace décadas.
Yo, el ser mudable, tomo el primer contacto fugaz con la isla de los adioses como una bocanada de aire fresco y de beneplácito y de alivio, pues, es el preámbulo necesario para montar el itinerario propio de los días que vendrán para andar y ver en Galápagos. De entrada, considero mero trámite el trayecto de cinco kilómetros que el bus “Panza” recorre a razón de un dólar por kilómetro/pasajero hasta Canal Itabaca que, por sus dotes paisajísticas, es el aperitivo del tiempo espacio futuro. Cruzando la cordillera de Santa Cruz quedará atrás el aeropuerto que volveré a pisar de otra forma y con distinto fondo, no únicamente para servirme del vuelo de regreso al continente.
Puerto Ayora, ubicado a cuarenta y dos kilómetros de Canal Itabaca, materializa la pequeña urbe que es la base de operaciones para los circuitos del ser que muda de piel con la aventura de reinventarse sobre la marcha. Una suerte ineludible es volver a Isla Baltra a caminar en su cálido seno, a diestra o siniestra de la vía asfaltada al aeropuerto. Es de rigor ir a por las vibraciones que he percibido de los especímenes de Conolophus subcristatus, desde la primera vez que conectamos ¿hace cuántos días, meses y años?, no hay calendario que lo registre. Vibraciones que súbitamente crecieron conforme me ha sido dado transitar en radical soledad entre las ruinas de la base aérea USA que operó entre 1942 y 1947. Vibraciones que se extinguieron en 1954 y que hoy están en su apogeo por el capitán G. Allan Hancock que tuvo a bien, a principios de los años treinta del siglo XX, compadecerse de la situación de exterminio total a la que se enfrentaba la iguana terrestre en Baltra, y trasladó a un grupo indeterminado de individuos a la isla contigua deshabitada Seymour Norte, allá la población prosperó hasta que en los años noventa nuevas generaciones fueron reinsertadas acá donde se pisa la paradoja: las instalaciones bélicas desalojadas se transformaron en acogedoras madrigueras. Entendí que en Baltra medra con provecho el Conolophus subcristatus de mis vibraciones, sin duda un privilegio que ha sido dado a los sentidos y que es parte de la realidad continua a secas, realidad que no es pasto del tiempo fracturado por la prisa y por ende alimenta la memoria que deriva en ficciones que no es otra cosa que la prolongación del instante vívido.
Estoy peinando con la vista y atento con los oídos al estrépito de iguanas fugando de la abundante sombra de matorrales o de la sombra mezquina de los cactus que proveen, en las hojas verdes espinadas que caen, no solo nutrientes y fibra sino que contienen el jugo de la vida: agua, agüita de opuntias y candelabros salvadores. El suceso del momento es que acabo de ver al hilo y por separado a escurridizos lagartos cachorros, entre machos y hembras, supongo que serán de ambos géneros, su color principal es el gris verdoso en un campo de grandes rocas volcánicas que combinan tonalidades ladrillo con manchas carbón que generan la fantasía de ser piedras calcinantes listas para el asado de un cíclope de fábula. No hubo acercamiento puesto que el contacto visual fue fugaz, una a una se escondieron en los tantos agujeros frescos que proporcionan las rocas merced a las corrientes de aire de agosto que minimizan la canícula de media mañana.
Bebo de la versatilidad de los microclimas, mientras acá reina el cielo azul entre juegos de nubes estriadas azucenas y resplandece el turquesa de las aguas mansas que cruzan Canal Itabaca, el horizonte de la cordillera de Isla Santa Cruz que tiene su cota de altitud máxima en 860 msnm, en la cúspide de cerro Crocket, luce plomizo y preparando el aguacero que caerá en el bosque húmedo y espeso de Miconia donde, al abrigo de las raíces de la frondosidad tropical, residen en silencio e invisibles en su camuflaje los nidos del ave marina Petrel pata-pegada. El bosque de Miconia que se extiende como un óleo de vegetación suculenta, exuberante e impenetrable desde cerro Media Luna a cerro El Puntudo pasando por las estribaciones mayores del Crocket, es el hogar terreno de las estaciones de apareamiento y anidación de pescadores noctívagos que en una suerte de aquelarre alado, apenas feneciendo el incendio crepuscular en cenizo occidente, se elevan en oleadas de estridente algarabía en pos de las profundidades de la noche del piélago.
Aspiro hondo en el desierto viviente de Baltra. “Vaya lidia con los microclimas”, dice el ser mudable y ríe aliviado respirando la expectativa de avistamientos cercanos de iguanas terrestres. Se acuerda del caminante ascendiendo la trocha vía al cerro El Puntudo, sabe lo que es avanzar bajo lluvia torrencial de una mañana de febrero, pateando charcos de suelo irregular de conglomerado volcánico. Se acuerda también lo que es descender a la calidez de la orilla marina de Bahía Academia, y se muta en un lapso de risa y alegría eso de estar mojado en la montaña del Petrel pata-pegada a estar seco al nivel del Piquero de patas azules.
Levanto la vista al gavilán, Ratonero de Las Galápagos, que vuela bajo proyectando su sombra en los despojos de cemento, hormigón armado y asfalto en descomposición de décadas aproximándose a cumplir un siglo. La belleza salvaje cunde desde que la pista aérea abandonó su función militar y pasó a convertirse en el parque lineal Conolophus subcristatus, por fuerza de la naturaleza de la erosión y sin que promedie inauguración alguna por parte de las autoridades del Parque Nacional Galápagos. El sol implacable, el viento barrendero y esporádicas precipitaciones fueron minando el pavimento, surgiendo fisuras y resquebrajamientos que conectan con la tierra rojiza arcillosa permitiendo el acceso a la superficie gris de mechones de yerbas pajizas y vegetación leñosa que de estar exangües resucitan al verdor y a las flores menudas a golpes repentinos de agua lluvia. Pierdo de vista al gavilán ratonero que aterrizó cerca de los matorrales de lo que reconocí como el inicio de la pista aérea cedida a la vida salvaje, aproximándome al punto clave a por un retrato en primer plano del ave de rapiña, no valió el sigilo porque no supe distinguir su adusta presencia mimetizada en una plancha de metal oxidado, tuve que contentarme con el raudo vuelo que emprendió a contraluz e imaginar que en sus garras portaba la presa que le da nombre a la especie.
Coincide el inicio de la pista con el inicio del tendido de la red eléctrica que va al Aeropuerto, al muelle de pasajeros de embarcaciones turísticas, a los tanques reservorios de combustible, a la básica presencia e instalaciones de la Armada y de la Fuerza Aérea del Ecuador. Los postes de la red eléctrica proyectan su sombra, conforme giran cual relojes solares, en los plintos de cemento que sirven de camas de relax a los lagartos. Los cables aéreos al son del viento producen una suerte de música compatible con sinfónico metal, esto a mis oídos predispuestos a incorporar lo feo artificial del tendido eléctrico a la melodía ancestral de la isla.
Suponiendo que los restos de estas instalaciones pretéritas de los comandantes y custodios de la humanidad occidental, en conflicto planetario, fuesen el meollo de un parque temático alumbrado en las noches por el tendido de postes eléctricos vigentes, no estaría aquí respirando a cuerpo/mente en expansión a la isla y sus reales encantos, no se me ocurriría ni siquiera dar la vuelta a la pista por deporte. Alguna vez hice, para literalmente matar el tiempo y paradójicamente enterrarlo en un nicho inolvidable, lo de pasear por la antigua pista del ex aeropuerto capitalino. Sé que gracias a la exigencia del ciudadano sufriente del impacto ambiental desarrollista al pie de Los Pichinchas, el ex aeropuerto se convirtió en pulmón de una ciudad ahumada y estridente que, cumpliendo la norma nacional, castiga con saña al peatón.
Si no fuese por las iguanas terrestres en el sitio sería un andar y ver triste y cansino, no recomendable para mudarse de piel. Y es así que donde las losas se han resquebrajado, levantándose la gruesa capa de pavimento como si hubiesen sido presa de un corrimiento de tierra, ha dejado guaridas reptilianas que figuro como nichos de soledad y paz o mejor aún son vasijas de barro acompasadas por la brisa que corre en Canal Itabaca. La sombra perfumada y protectora de arbustos verdes, la insoslayable realidad de lagartos estáticos o en movimiento furtivo, es el corazón del paisaje de lo que otrora era la pista del ruido bélico de aviones, era la pista de la especie en perenne estado de guerra consigo misma.
Camino a propósito por el filo musical del tendido eléctrico levantado en el filo oeste de la pista aérea extinta, cada plinto viene cerrado por palos verdes y vegetación leñosa de cara a la bahía del muelle de pasajeros de cruceros y la capitanía de la Armada, y su belleza radica en albergar lagartos en su derredor o en la misma cama inclinada de cemento. Tengo la suerte de pillar a un regio ejemplar mudando de piel como árbol de papel fuego, estirándose a placer en la sombra que proyecta el poste de marras, me prometo que al regreso de la vuelta de rigor por la pista voy a ceder a la tentación, por su atractivo entorno vegetal y paisajístico, de hacer una mini-siesta en el poste de más abajo que hace meses le eché el ojo, eso si la sombra del medio día me es propicia y sigue libre para su breve ocupación humana. Contemplo lo justo y suficiente al reptil beneficiándose de la sombra-poste y que a tiempo lo detecté para ponerme en la suerte de aproximación silenciosa y no perturbarlo evitando que fugue en estampida. Hice el retrato instantáneo, disparé ráfagas de la máquina de congelar imágenes dragoniles en la canícula.
Los objetos que décadas atrás fueron útiles propios para la comodidad y distracciones de la tropa y oficiales de la base militar que contaba con teatro y cine, quedaron plantados en la isla como instalación involuntaria de chatarra en el parque temático Conolophus subcristatus. Y aquí y allá tienes sendos tanques de calentar agua de los años cuarenta del siglo pasado. Mira tú cómo asoma el artefacto oxidado y renegrido al sol y lo que encanta es que su sombra ampara una iguana terrestre, he ahí un espécimen en peligro de extinción sirviéndose de la desolación tecnolátrica. En el horizonte azul se filtra la roca desnuda de Daphne Menor, me quedo con la figura potente de Daphne Mayor que surge del lecho oceánico cual boca informe de volcán submarino despidiendo aromas de árboles de incienso. El perfil de Isla Santiago se dibuja a lo lejos en brumoso contraste con la vista panorámica del otro lado, la cordillera de Isla Santa Cruz, que se ha cerrado en los murmullos de lluvias tropicales nutriendo las flores de pálido violeta de los bosques de Miconia robinsoniana.
Acá me detengo en la pareja de tórtolas galapagueñas, las de anillo celeste resaltando en los parpados (presumo de conocer la diferencia con las tórtolas que pululan en los jardines de Los Pichinchas, que tienen asaz atenuado el color celeste de los anillos de los párpados) picotean en el bagazo y fibra ámbar, que se asemeja a una esponja de cubiles romboides, de una rama caída del cactus cargando tunas de flores amarillas y de tronco de laminas fuego y grises similares al tortuoso espécimen de superpáramo andino, Polylepis incana.
Observo divertido a la inmóvil lagartija de lava, llega irreconocible por haber tomado un baño de tierra arcillosa ladrillo; parecía que el cuadro se iba a quedar así de chistoso e impasible hasta que en un movimiento felino-reptiliano el lagartijo caza a la Langosta grande pintada (Schistocerca melanocera) que marcó calavera en su salto compulsivo evasivo, cayó en el punto y momento equivocado. De repente me convertí en testigo y sujeto de dar testimonio del banquete de la lagartija de lava con el grillo, en la piedra tostada y saliente como si fuese un segmento del espinazo de un lagarto terrible semienterrado. No tenía en mente entretenerme con las ralas lagartijas de lava que han cruzado raudas por la pista, ayer nomás me harté de observarlas en el senderito fresco de muros bajos de piedra, en el caminito asombrado y arbolado de Callejón Linares y Lagartijo (¡vaya nombre indeleble!, lo de Linares supongo que es en honor a un desconocido artista Linares y lo de Lagartijo…, ahí sí que no hay dónde perderse, la realidad es contundente), esto en Punta Estrada.
Acá, el plato fuerte psicobiológico de la jornada, es la iguana terrestre, y persisto en ello dando la vuelta para iniciar el retorno al puerto de mi residencia terrena atemporal. No obstante, vengo rumiando –tan pronto– el acontecimiento intempestivo en la piedra al pie del árbol de Bursera, sucedió lo espontáneo sorprendente que en suma es lo que sacude al ser transeúnte, le da alma y vida a su búsqueda de sí mismo en la intemperie isleña. El suceso tomó forma y cuerpo por mudarme hacia el árbol que llamó mi atención al borde de la pista, era un individuo de bosque seco que con su ramaje lechoso deshojado haciendo en conjunto el esbozo de la cabeza gigante de una medusa, tendía sus tentáculos en el espacio-tiempo mítico, presocrático. Esta distracción arbórea trajo consigo al reptil de buche rojo intenso y de cuerpo color ladrillo por el tinte que tomó emergiendo de tierra movediza, y suscitó el instante de vida y muerte que se zanjó en un pestañeo: grillo aterrizando, lagartija devorándolo.
Sin esperar que la mañana entrando al bochorno ecuatorial del mediodía cree de la nada otra sorpresa salvaje fuera de lote, cedí de lleno a la tentación de echarme en el desocupado plinto del poste de tendido eléctrico prometido. Había que zambullirse en la circunstancia de placer inmediato. Ningún aristócrata lagarto emerge del silencio para interponerse en la mini-siesta añorada, así que procedo a discreción a servirme de la sombra gentil que se ofrecía cual regio vino espumoso seco, tropical, afrutado y en su punto frío ideal para pasar por gaznate agradecido. El resto es tender la cama de cemento con la toalla playera roja adornada de manchas multiformes negras, verdes y cremas (a la moda de las iguanas marinas Venustissimus); coloco la pequeña y acolchada mochila del cazador de instantáneas, es la almohada precisa para apoyar cuello y cabeza en el poste de luz. Me recuesto y acomodo el cuerpo de cara a la Bahía de Los Marinos, vienen alucinantes cuadros filtrándose por los resquicios del palo verde que tengo a la mano, este se estira a los costados con la sombra de sus ramas afiladas y lánguidas que se comban sobre el piso de pavimento trisado y semicubierto por hojarasca espinada ocre.
Cierro los ojos sabiendo que no habrá sueños pesados ni precipitaciones en los abismos del absurdo onírico, sino delicioso estado de vigilia. Abro los ojos, o mejor dicho los oídos me abren los ojos ante el canto cercano de un jilguero, podría ser el recital del cucuve galapagueño que saltando de rama en rama se para a observar insistente al extraño bípedo implume tendido por excepción en plinto ajeno, plinto que de corrido ha visto ocupado por familiar lagarto. Podría ser el lamento de un grupo de inquietos pinzones de Darwin que ya volaron del sitio rumbo a su hogar original en el islote Daphne Mayor, podría ser la melodía sentida con la que el canario Aureola llama a su pareja María. Podría ser el papamoscas de Galápagos… y sí, a metro y medio de distancia de mis narices, vuelve a trinar acordes celestiales, de frente y mirándome a los ojos desde una rama baja verde y espinada, el pajarito del copete subversivo. Cuando se mandó a mudar el heraldo del buen reposo, cierro los ojos y suena desde adentro la melodía alada que arraigó en el palo verde.
Esto no viene del mundanal ruido, es el preludio del metal sinfónico que vendrá a los oídos. Se disparan los violines de los cables del tendido eléctrico, los mueve el arco de la brisa isleña. Se unen al evento sinfónico otros instrumentos de viento, cuerdas y percusión. ¿Quién inventa este opus elemental y noble como la vegetación leñosa y los animales endémicos y emblemáticos del archipiélago viviendo a muerte su minimalismo? De las profundidades del sujeto de la experiencia nacen y salen a la superficie los arpegios de esta pieza automática, surrealista, que se prolonga con los ojos cerrados.
“He reposado siglos, es tiempo de abrir los ojos y el cuerpo a lo que venga…”, dice el ser mudable saliendo del instante metálico (con Beethoven y Paganini de precursores), devolviéndose al silencio y quietud del paraje anfitrión, o sea a la realidad inmediata del ramaje y hojarasca del palo verde, teniendo de horizonte paradisiaco al mar sereno y azul metiéndose por la persiana afilada de la isla. De repente (no es dado que los acontecimientos preciosos vengan como si nada envueltos en papel corriente), los ojos claros y la gran cabeza cornuda del reptil se reflejaron entre ramas cruzadas, tenía su mirada melancólica clavada en el ser mudable. Vibraciones van y vienen, en la modalidad visual, sin aspavientos o movimientos bruscos que propicien la retirada del salvaje espécimen.
No es impertinente tu presencia, al contrario, es un verdadero halago que tus ojos claros, limpios, serenos y curtidos de demonio ancestral se posen en este pasajero del pedacito de planeta que habitas. ¡Aja!, viniste a reclamar el puesto usurpado al pie del poste de luz, ¿no es eso?, por supuesto que no. Lo de fondo es que nunca antes una iguana terrestre se ha acercado a propósito a observar, vigilar, curiosear, contemplar, ¿qué sé yo?, a este bípedo implume y a menos de tres metros de distancia. De corrido ha sido al revés, he sido yo el que va a por las vibraciones Conolophus, hasta estos segundos que transcurren entre tus vibraciones frente a las mías.
Tiene gracia, tú siendo la especie que cumple con los dos metros mínimos de seguridad que piden al humano visitante del Parque Nacional Galápagos con las especies que toleran su acercamiento. Eso apenas se cumple con especies impasibles como tus primas hermanas, las iguanas marinas, que se han acostumbrado a los gentíos, donde los hay, y no le temen a la más temible de las especies depredadoras. Aunque están protegidas su extinción pende de un hilo: factores climáticos, el aumento de la temperatura y acidificación del los mares reducen los espacios de la madre nutricia. Si las aguas templadas desaparecen, entonces se extinguen las algas submarinas que prosperan en su seno y constituyen el alimento fundamental de las iguanas marinas.
Tus primas hermanas, en ciertos lugares propios para la reunión de masas, sea por ejemplo la temporada de apareamiento, surgen como manchas de reptiles en ebullición, parecen multitudes que sobraran en vez de faltar en este mundo. De ahí que he pescado voces de ciertos paseantes desquiciados –tal vez porque el ocio provoca un estado febril al sujeto del rendimiento–, cuestionando la engañosa abundancia de tus primas hermanas marinas, “¿por qué no se las comen?”. Vaya chiste demencial más que macabro, inferido por parte de individuos de la especie de la producción y el crecimiento económico incesante que ya tiene nombre en el tic-tac geológico del planeta Tierra: Antropoceno, mi era geológica, mi era de la entropía máxima. Mira tú, los míos han superado los ocho mil millones de habitantes planetarios, y todavía pidiendo que regulen la población de especies que suman un puñado de miles en el Archipiélago Encantado.
Y yo, Homo sapiens, que soy el extraño aquí, ¿no te he aburrido con mis vibraciones? Tus vibraciones son el maná de mi alma errante. Cierro los ojos por un minuto, o mejor aún por un tiempo inmedible, esto para ver cuando los abra si sigues ahí en tu postura de espécimen primordial atento al sujeto del reposo posmoderno furtivo. Vendrá a ser una forma de entender si este cuadro interespecies que hemos pintado involuntariamente es el resultado de una mera casualidad, es decir, tú pasando distraído por aquí a echarte la siesta de mediodía en el plinto de tu predilección y a jugar con la sombra del poste que gira cual reloj solar, estas en eso cuando eres presa de una circunstancia nunca antes acaecida que te paraliza hasta que logras huir por lo sano en un santiamén sonoro e ineludible a mis oídos. No me sorprendería tu partida instintiva, es el inveterado proceder de tu especie ante cualquier extraño impertinente. Imagino que de sopetón te topas con el cuerpo de un sujeto que no has visto templado, sesteando, en este plinto de la isla, todo él sigiloso y callado fuera de los puntos de conexión y encuentro con otros bípedos implumes. Si fuese un técnico de la empresa eléctrica que le tocó hacer algún trabajo en el tendido en compañía de otro operario, habría aportado a la bulla humana en movimiento convencional laboral sin la menor preocupación por tu presencia, hubiese ido con mis ritmos metaleros taponando los oídos y hablando a gritos con el otro también de oídos taponados con su propia música rumbera. Si hubiese traído conmigo el runrún humano, tú estarías camuflado como mínimo en el tupido arbusto de más allá, invisible al intruso.
Repitiendo la mini-siesta remolona y feliz del plinto me moví un tantito con la sombra que proyecta el poste, y me dije que si al abrir los ojos me recibía un paisaje ausente de iguanas terrestres en el rededor, sería lo más natural del mundo corriente. Puesto el piloto automático receptor de sensaciones, disfruto a tope del reposo semiconsciente, sintiéndome más observado que antes, las vibraciones Conolophus arrullan en conjunto con la brisa suave y tibia desplazando al concierto metálico de cuerdas del tendido eléctrico. Me digo, corrección: si al abrir los ojos me encuentro con iguanas terrestres a la vista sería lo más natural de este mundo asombroso.
Y abro los ojos. ¿Qué estoy mirando a poco más de dos metros de distancia? Estoy viendo que no solo que el espécimen a mermado su distancia y continúa en su posición de espectador sino que ha salido del ramaje en el que parcialmente quedaba al descubierto y ahora está sobre el lecho de hojarasca parda mostrándose entero, enhiesto a cuatro patas, la cabeza dragonil de cuernos prominentes levantada: magnífico adulto de papada aristócrata y rostro hierático, combinando los colores naranja y ocre en la piel rugosa. Se me antoja verme en él como un ser antediluviano de espinazo acorazado de púas impotentes y filudas garras de excavar y galopar en la tierra marciana. Entiendo que en vez de presentir su escape sentí su aproximación vibratoria, que a la sazón viene a ser la prueba irrefutable de que he sido reconocido por el espécimen con el cual ya hemos conectado tiempo ha, meses ha, años ha. El ejemplar muy joven es el adulto que viene a mi encuentro, es el formidable lagarto que se presenta con cadenciosas vibraciones, que se traducen así de fácil.
No busques más al cachorro de dragón que fijaste en tu mente, allá posando en el campo de rocas volcánicas apostadas tras los molinos de viento, aquí estoy tal como soy en mi temprana adultez y la regia hembra que te observa desde donde estuve hace tantito parcialmente visible en el nacimiento del palo verde, es mi pareja iguana: nuestros vástagos están creciendo en salud gracias a los nutrientes del cactus, aprendiendo el arte milenario del camuflaje y de hacerle el quite a lo tóxico en Isla Baltra. Con el paso del tiempo ni tu ni yo volvimos a reconocernos por tercera ocasión en el lugar primero. Era de esperar, me había mimetizado con las formas de mis congéneres adultos, no podías encontrarme tal cual se te grabó mi imagen en la mente. Mi piel, mi aspecto general, se había mudado del individuo adolescente y juvenil que retrataste, mi nueva forma no iba a responder a la búsqueda visual del futuro caminante. La cosa se resuelve porque no es la primera ocasión en la que te ubico vagando por las calles de las ruinas y te he reconocido como el extraño bípedo que ante la incapacidad de verme tal cual he crecido y madurado, jamás me reconocería por sí mismo sin que los ojos de ayer se sumen al acontecimiento que he forzado esta mañana.
No tengo nombre y apellido que se me ocurra a la manera de las denominaciones de las mascotas y de los seres fantásticos que tú proyectas en base a especímenes concretos. Así como hay millones de especies para satisfacer la reencarnación como karma de una vida/muerte inconclusa, de facto hay especies para todos los gustos que inspiran la galería de engendros extraterrestres del Homo sapiens. Pongamos que lo mío es vivir a lo bestia entrada en reflexiones, de corazón indomable, pasajero de tu época de esclavitud actualizada en el cronómetro del rendimiento.
Sí, fueron dos encuentros cercanos con el joven Conolophus que fui entonces, suscitados por la circunstancia tuya de aprovechar el tiempo –y no de quemar el tiempo– llegando con sobrada antelación a tomar el vuelo respectivo de retorno al continente. Entre el primer contacto y el segundo promediaron seis meses (entrando en la contabilidad de tus horas), hubo dos viajes al archipiélago y la idea de dedicar mañanas completas a visitar Baltra, por fuera de la obligación de asistir al aeropuerto, fue fraguándose en tu mente antes de tomar cuerpo a futuro en el sitio, esto porque cargar la mochila de equipaje de mano en la espalda y la mochila de espectador adelante hace que la marcha no sea lo extensa y ágil que tu aspiras, rebajando el alejamiento deseado por estar con cuerda larga en las cercanías del aeropuerto. ¿Me explico bien? ¿Estamos en modo lenguaje de vibraciones?…
Estamos adentro, sintonizamos en el dial. Sin embargo, los cortos trechos de inmersión en el terreno que hiciste al comienzo, bastaron para que veas que cualquier matorral tupido y con suficiente sombra puede servir de alojamiento y de nido si es del caso. Ultimadamente, como dato curioso, has avistado especímenes que se han dado modos para ingresar –cual contrabandista superando los filtros de migración– a los jardines del aeropuerto que preceden al cuadrante de desembarco de aeroplanos provenientes del continente. Ha sido grato darte semejante bienvenida reptiliana aunque sea fugaz por la necesidad que tienes de alcanzar cuanto antes mejor la salida del aeropuerto y realizar el viaje a tu hospedaje o guarida circunstancial.
Te vi y me dije lo voy a tener cualquier rato dando la vuelta a la pista antigua por el lado de los plintos, y a lo mejor se suscita el instante propicio para conectarnos a mi manera vibratoria. Tu suerte del avistamiento de los míos cambió drásticamente, dejó de ser una cosa al apuro cargando con el peso del inminente retorno a Los Pichinchas (esas altitudes volcánicas que me son tan ajenas como imaginables por tus vibraciones), y hacerle el quite al tiempo de aeropuerto con imágenes de último momento. Tenías que decir basta, no podías quedarte plantado a cuenta de una imagen inmóvil posando a disposición del viajero en una piedra quemada.
Ahora entiendes que no era posible que permanezcamos impasibles en el sitio en el que tuvimos dos encuentros, el tercero se esfumó porque ambos nos mandamos a mudar. Te fuiste a por otras idas y venidas en la isla de tus ojos de transeúnte, yo me quedé donde nací para fugar y, vaya paradoja, entenderme con un bípedo depredador.
El joven reptil fue a por la isla entera de su residencia planetaria, teniendo el mínimo de jardines de bosque seco y guaridas por doquier para crecer en formas y colores, y hacer la transición de iguana juvenil a espécimen adulto fuera del patio trasero de los molinos de viento. Fue un error creer que se puede tener un punto de encuentro permanente entre seres de mente libre en el amplio espectro de sus propias islas. Mi isla no es la tuya, y al revés, de cualquier manera hemos tendido un puente. Y vos no volviste a caminar en los matorrales y campos de rocas de los alrededores inmediatos de las instalaciones del aeropuerto para buscar al lagarto perdido, te fuiste a husmear en el mapa de las ruinas emancipadoras.
Te echaste a andar por las calles de grava fruto de la erosión del asfalto que son amplios caminos para el “intrépido transeúnte” y mirador de parajes que han resistido el vendaval de la condición humana. Ligero con la pequeña mochila de ataque a cimas y simas de paisajes aromatizados por la vegetación brotando de un desierto, respiras brisa salobre exquisita que sazona de profundidades y misterios oceánicos el ambiente, silenciando el aterrizaje y despegue de aviones transportando ávidos turistas.
por Juan Arias Bermeo | Oct 27, 2022 | Más Ficciones
Aristocrática iguana del orden jerárquico Venustissimus, de majestuosa cabeza cornuda, ojos claros y dorso espinado realzando verdes, blancos, rojos y negros, de piel áspera y sangre fría en pos de vitaminas solares, hacía guardia en el Portal de Las Botellas. Detuve la marcha a la distancia de rigor que no perturbe su tarea sagrada, y sin más dirigí mis vibraciones matinales al sereno reptil. “Su merced, descendiente directo de las deidades de las estrellas oceánicas del multiverso, criatura endémica de la isla que me acoge en calidad de caminante total, ser de la sonrisa hierática por naturaleza divina, ¿me permite pasar… voy en busca del Lobo Fino?”.
Aquí estoy haciendo la primera parada desde que me eché a caminar al alba y con el buen augurio de la tórtola del anillo azul envolviendo sus párpados, la que señaló el sendero de una jornada de contacto con la isla profunda, salvaje. Aquí estoy estirando mi sombra en la plancha de roca tibia acaramelada, recibiendo a gusto sendos rayos solares de la mañana temprana de piélago manso, presagiando una jornada de bajamar indeleble en la orilla rocosa de Isla Floreana. Respiro la brisa suave trayendo aromas del bosque de Palo Santo por atravesar, aspiro a una mañana de calorcillo contenido en los barrancos del Lobo Fino, aspiro a un día de oleaje eléctrico y piscinas cristalinas matizando con cielo celeste, nubes volanderas, garua inocente y brisa traviesa.
El magnífico espécimen de iguana Venustissimus, erguido en sus cuartos delanteros de pectorales festonados con pinceladas turquesas, vibró y un rotundo “adelante” se tradujo en mi mente. Las ventanas oculares del guardián apenas eran un trazo gris acuoso, y sin embargo remitían alerta cuando atravesé el portal que se animó al otro lado con la iguana idéntica que abrió sus ojos de esmeralda resplandeciente, ojos grandes y rasgados, era el reflejo intenso del mar de Portal de Las Botellas.
Atravesando el bosque de Palo Santo que brota de las entrañas de lenguas lávicas cobrizas de cuatro millones de antigüedad, me sumergí en baño sauna ancestral del que se emerge exfoliado y aromatizado por dentro y por fuera incluyendo la indumentaria y lo que porta la mochila ligera del transeúnte. Al cabo fui a caer en el campo rocoso de molones grises adosados a la línea de vanguardia de manglares bajos, tupidos, infranqueables para el caminante que avanza pegado a sus raíces evitando el oleaje de los prolegómenos de bajamar, con la pleamar dando postreros coletazos. Aún no podía beneficiarme del apogeo de bajamar, que es cuando se descubren las playitas de caletas recónditas con sus tesoros faunísticos del mediodía. Así es como vislumbro el retorno, en su clímax paisajístico, libre de vadear caletas anegadas e irreconocibles por la arremetida de pleamar.
Dejar atrás segmentos de orilla rocosa es la única manera que conozco y aplico en este ir en pos del Lobo Fino, que en sí es la propuesta de avanzar más allá de Remanso Primordial y Playa Escondida, es decir, romper una barrera física y temporal. Cruzo sin novedad el campo gris de molones del Cíclope, ingreso a las formas rocosas que se asemejan a la miniatura de una metrópoli gótica devastada por una ola de calor calcinante, figuro las ruinas oxidadas de rascacielos que fueron agujas proa al sol y que al cabo devinieron en escombros y fisuras ocres que benefician a las lagartijas endémicas de la isla, de apellido Grayii. Cuando el azote de pleamar se aleja, el despojo de la otrora febril metrópoli liliputiense, se transforma en zona de veraneo de graciosos y pintorescos lagartijos.
Sí, doy fe del Paso del Ermitaño, aunque vendría irreconocible si no fuese porque en mis progresiones de orilla rocosa lo he superado de ida y de vuelta, en el apogeo de bajamar que es el momento indicado de observar el cuadro completo en la dimensión liliputiense que inspiró su nombre. Ahí figuro una cala de arena blanca que se adentra serpenteando entre dos farallones de granito azabache, y en estrecha playita se avista el menudeó de especímenes que cargan su morada. Es alucinante ver en movimiento al cangrejo ermitaño, con patas y pinzas peludas incorporando a su fláccido estomago, y por ende a su andar, a una concha de caracol del molusco que la abandonó. El churo es la casa que lleva a cuestas el individuo, es como si fuese parte biológica de su ser, por ello es un goce observarlo recreándose a su aire, pues, en estado de reposo es una concha de caracol más tomando baños de sol, solo en movimiento surge la pinturita viviente del ermitaño. Ahora que el paso se encuentra inundado por el oleaje, sigue siendo un hito de los hitos del paisaje del condumio del tiempo, así estén invisibles los pacíficos cangrejos cenobitas de anteayer.
Los pasajes solitarios se suceden y asumo que los clanes de tortuga prieta y tortuga carey se reservan para el mediodía el brotar de su lecho marino a la amplitud de playitas de marea baja en flor, las tortugas marinas son en sí el gran florecimiento de la arena granulosa de calas que cobran vida de repente. Playitas grises que de estar tomadas por el oleaje se vuelven calas paradisiacas donde reposan bañistas de sensualidad prehistórica. Me reservo el derecho de asombrarme si al retornar a puerto me topo con la versatilidad de sus cuerpos prietos, cuando el buscador del Lobo Fino de media vuelta lo encuentre o no. Este buscar en la magia ancestral continuará vigente más allá de esta jornada propicia para instantes hermanados en la cosecha de absolutos.
Entro de nuevo al bosque seco sorteando muro saliente de orilla formado por conglomerados de rocas saponáceas que obligan a desviarse un tanto por la parte inferior de la colina poblada de árboles de Palo Santo y esporádicos Cactus Candelabro, es una vegetación que literalmente se levanta de raíces aferradas a los resquicios del piso deleznable, no faltan individuos aéreos que desafiando la gravedad cuelgan de los riscos. Salgo del bosque aromático que está reñido con la sombra y regreso a la tibia brisa marina de orilla empinada en la línea de roca desnuda. La tonalidad pajiza de arriba contrasta con los campos de molones azabaches golpeados por el mar espumoso que de repente, intermitente, trae o lleva iguanas Venustissimus; el horizonte inmediato es azul mientras el piélago de fondo metálico no da visos de islas cercanas o distantes del archipiélago.
Llego al mirador que comparto con tres piqueros de patas azules acicalándose, diviso Playa Escondida que a su vez esconde al remanso de pozas salinas que si están vacías dan la impresión de ser letrinas descargadas al océano y no aportan al conjunto de orilla que simula un oasis tras tortugas y leones marinos surfeando olas salvajes. Solo cuando me pare allá sabré si habrá el beneficio de un paisaje pleno con añadidos faunísticos endémicos o si he de transitar por una suerte degrada de las cochas que guarda Playa Escondida. Entretanto parejas que hacen el cuadro maternal de amamantamiento de leones marinos se descubren en la arena cálida y seca que precede a hierbas rastreras vaporosas y retazos de manglar de avanzada, propiciando espacios horizontales mullidos para refocilarse con el benigno sol de la mañana, púber aún, acariciando cueros recios y de abundante grasa para bregar en el mundo submarino.
La playa inclinada de punta a punta, vino encerrada entre la barrera de rocas terrosas de ralo bosque seco -por la que accedí a su seno- y la barrera gris mojado de rocas salientes todavía azotadas por la marea en retirada. Playa Escondida es presa del oleaje que cubre la mansedumbre de la laguna que se forma con la marea baja en su clímax. Evoco el suceso que permite reflotar a planchas volcánicas copadas por suculentos lechuguines, tanto que invitan a devorarlos con los dientes especializados de la iguana Venustissimus.
Las camas de arena contienen a los protagonistas del breve contacto visual con la especie de mamífero bípedo implume. Por un lado el espécimen Homo sapiens y por el otro los críos maltones de las dos grandes y vigorosas leonas marinas. Ellas consintiendo a su respectivo púber lleno de vida, se nota a la vista que se trata de cachorros bien levantados por las progenitoras que adormiladas cuán largas son apenas se dignaron a ver al intruso de reojo y entre pestañeos. La corpulencia de los críos me sugiere que podrían tener el tamaño del lobo peletero adulto, hasta aquí un neófito podría confundir a los primos marinos endémicos de las islas Galápagos, pero cuán definitorio es el comportamiento social austero de la especie Arctophoca galapagoensis (Lobo Fino) frente a la sociabilidad generosa del León Marino (Zalophus wollebaeki). Me enteré que el Lobo Fino, con una población azas menor que la de sus primos (aunque ambas especies se hallan en peligro de extinción), huye a por lo sano a su cueva, y no soporta la intromisión del Homo sapiens en su hábitat preferido de acantilado.
De esto último se desprende que no tiene sentido ir en busca del león marino galapagueño porque lo tengo a la mano en los malecones de los puertos urbanos de las cinco islas con asentamientos humanos permanentes del archipiélago. No obstante, es conmovedor sentirlos a los leones marinos en lugares propios, remotos por originales, como Playa Escondida y como el rumbo fijo a las calas y barrancos desconocidos que al dar la vuelta a esta ensenada descubriré a paso lento, a ritmo sustancioso. Gracias a los críos de león marino en flor, me quedó el gustillo de un aperitivo sabroso de lo que podría ser el banquete de un intempestivo hallazgo del Lobo Fino. Uno de ojazos negros húmedos, grandes y rasgados; un ejemplar de esos que imponga el circulo máximo de seguridad para que el intruso no perturbe su idílico tiempo-espacio en el regazo materno de Gea.
Remanso Primordial arriba con buena salud y se aúna al encantó del momento de transición a porvenires que se crearán sobre la marcha. Comanda a los sentidos la modalidad de lo visual que es la precursora del caminante, dónde pisar y qué pisar para no irte de bruces; lo que los ojos reflejan es el sendero de los demás sentidos complementarios de la totalidad de la aventura de inventarse en soledad radical. Soy el ser primordial medrando en la naturaleza original de la isla adolescente, soy el bípedo depredador milenario abriéndose paso en la aproximación a los cinco millones de años de antigüedad terrena de Isla Floreana. Hasta aquí, lo conocido es un pasado inmediato de hitos que he reconocido, mientras el futuro inmediato es lo flamante en que colgar hitos a recuperar en el regreso a Puerto Velasco Ibarra. El más allá constituye el dar la vuelta a la ensenada cortando por lo que avisto como una lengua lávica de rocas amelcochadas con su porción de grietas laberínticas que salvar.
Las tres cochas salinas son rectángulos que unidos forman una ele, llenos por encima de la media lucen a tope, reflejando su entorno en la película de agua. Cosecho amplia pintura bucólica: pastizal verde y selvitas de vegetación leñosa cubriendo el lecho volcánico. El conjunto se asemeja al oasis que he preservado en la mente, cálido paraje resguardado del viento y el oleaje por murallas de adobe. A primera vista del gran angular humano y no a vuelo de pájaro, las cochas y su contorno vegetal no muestran especímenes de la avifauna que otrora copaba el espacio acuático con trompetadas e intensos rosas de flamencos, sumándose al festival emplumado sendos patillos de cola pintada nadando en las turbias aguas cargadas de microorganismos, golosinas gourmet .
Advertido de que es cosa corriente tardar algo el ver a garzas adormiladas entre el pasto y la vegetación leñosa del otro lado, que en su quietud se camuflan con su plumaje pardo y cenizo, peine despacio los filos de cada uno de los rectángulos acuáticos y cobré recompensa al ubicar a tres insignes especímenes correspondientes a tres especies de aves de orilla solitarias. Cada quien viene reposando por separado en su parcela herbosa y, por añadidura, reflejándose en recuadros de la película de agua que recoge la danza nupcial de cielo y tierra. A la izquierda, la garza ceniza Cognata, alta y desmelenada, fiera glotona insaciable; al centro, el búho campestre Galapagoensis, taciturno noctívago de aspecto manso; a la derecha, la garza de lava Sundevalli, amodorrada en su camuflaje de piedra plomiza. ¡Vaya lujo imperdible!
Hago el tramo postrero del conglomerado de lava petrificada, sorteando grietas respetables de la cascada melcocha desciendo a la orilla de molones grises lavados por el oleaje. Las olas reventando en la orilla rocosa se convierten en un halago visual, sónico y olfativo con golpes de brisa oceánica, es una suerte para el surfista imaginario que se cuela en túneles turquesa. La cascada melcocha vino engalanada por los verdores de los flancos; a diestra, lechugines suculentos fruto del humedal; a siniestra, el bosque de manglares bajos que brinda el alivio de corto y directo acceso a la orilla de la calas que develarán laguna mansas a la hora del clímax de bajamar, calas que incorporaré a mis recuerdos memorables dependiendo de si las tortugas marinas salen del agua y cual piedras preciosas se exponen en pálida arena al sol. Lo que sí tengo a la vista es leones marinos variopintos que surgen aquí y allá mientras avanzo por ligero campo de piedras que conduce a la base del gran escalón del acantilado. La tarea que tengo por delante es saber si es practicable el escalón cuando ataque a la roca cimera, prominente y gris.
Asciendo por gentil pendiente de lengua lávica de formas caprichosas, mostrándose tal como se enfrió en su retirada al océano. Atravieso borbotones de fuego magmático estático, un pedacito de la erupción del volcán submarino que creó la isla hace tantito en la edad geológica del planeta Tierra. Más allá, apenas a metros del espacio seguro que da viada y alegría al “intrépido expedicionario” en busca del Lobo Fino, sigue en paralelo el abrupto y tortuoso filo marino, salpicando espuma de las fauces marrones del abismo. Acá, el tiempo-espacio de las iguanas Venustissimus, se adorna con los tallos mostaza y flores de capullo blanco que brotan del suelo pétreo, son mechones o islas de florecimiento encendido que tiene de fondo la cortina metálica del piélago. Dos ambientes en contrapunto se han tomado el escalón que conduce a Barranco Gris, el pequeño mundo colorido de sociedades vegetales naciendo de un piso exangüe y el inconmensurable mundo del océano que se remite a leviatanes primordiales, y combinan bien en expectante transición de microclimas.
La cima de Barranco Gris revienta en ventosa explanada claro oscura, cercada por una muralla a tierra alejándose del acantilado. El suelo viene ondulado en la plataforma aérea que brilla por la multiplicación de los mechones vegetales de tallos mostaza coronados por capullos azucena. La ausencia de iguanas marinas Venustissimus, indica que no son asiduas a la sombra, vientos y corrientes marinas del tope del acantilado y menos aún a su máxima verticalidad, con extra-plomos y una exposición aérea de vértigo, incluso para estos insignes des-escaladores en roca húmeda saponácea. El espectáculo feroz de Barranco Gris culmina en un boquete cargado de ecos de sirena y murmullos del piélago, abriendo agujero perpendicular que, cual rodadera de piedra lisa, cae a un arco que se yergue majestuoso con un pie en el agua y el otro que parte del piso inferior del barranco. De esto último doy razón al descender y volver a ascender a lo alto de la cascada de molones ciclópeos que trajo consigo una meseta de arena, vegetación leñosa, rocas planas y una placa pétrea levantándose inclinada en el vacío, tomada por iguanas Venustissimus al sol y en manada sorprendente.
La potente visión de los ambientes de Barranco Gris copa mis sentidos, asumo que el fin de la búsqueda concluirá teniendo como principal ingrediente del plato fuerte del día, (en conjunto el plato fuerte es la aventura de bordear algo o mucho de la costa rocosa del misterio llamado Floreana), a los jardines, paisajes y agujero negro del acantilado. En todo caso, no encontrar al Lobo Fino en vivo, palpitante, posando involuntariamente para el retrato que hará de él un extraño Homo sapiens, no deviene en problema existencial para el buscador. Me digo que el ideal de búsqueda permanecerá saludable en el sujeto de la experiencia. Es el impulso de buscar en uno mismo lo que mueve hacia la soledad radical del Arctophoca galapagoensis, de no ser así me habría quedado en casa, sumiso al decadente sujeto del rendimiento cronometrado, y este preguntándose cómo sería el documental, en primera persona, de una aventura de Don Quijote, siglo XXI, en Islas Encantadas.
Dar media vuelta es parte sustancial de este viaje en brisa de bajamar y me eximo de metas que se sustenten en el culto al hombre exhausto, el que no deja espacio-tiempo para el asombro al trayecto de regreso. He superado eso de ser pasto de la fatiga del caminante que se raja en el trayecto de ida como si no hubiese un segundo tiempo que atender en la apuesta del día. Sería fantástico que uno se olvide del regreso porque habría a la mano una suerte de teletransportación al punto de partida de esta jornada, es decir, Puerto Velasco Ibarra. Pero no es asunto de negar y denostar al trayecto de regreso, así sea pesado en comparación con la frescura de la marcha mañanera. Es el contraste entre la ida y la vuelta lo que completará esta jornada en la intemperie salvaje, negar el regreso sería dejar en blanco las calas de bajamar, sus playitas y piscinas libres de aguajes. Lo cierto es que la única alternativa que abre el futuro de orilla rocosa es poner coto al viaje de ida, y esto es aprovechar la ausencia del Lobo Fino, que no está aquí y ahora para satisfacer antojos.
Sí, cuando la retirada había tomado cuerpo, se materializó el hallazgo intempestivo del Lobo Fino, encuentro que alumbra al sujeto de la experiencia sin enceguecerlo. Allí está su excelencia peletera a la vista, corpulento cazador submarino en reposo, colgando la cabeza de oso de trompa anaranjada-tomate del lecho que provee luz y sombra, calor y frescura terrenal. Mi posición privilegiada permite un cuadro entero inmejorable, de arriba hacia abajo, del regio espécimen; estoy parado en el mirador que iba a ser el de la media vuelta y no el del hallazgo. Asumo que el lobo peletero lleva horas fuera del agua por los colores relucientes pardos, tomates y grises del doble pelaje. El pelo exterior hace que resbale por el cuerpo el agua lluvia y dispersa las vitaminas del sol; el sub-pelo es el que mantiene el cuerpo seco, caliente y ventilado a la vez. He observado imágenes de ejemplares recién salidos del agua y su aspecto empapado es marrón con notorias estrías, o tirones de pelo, en el pecho y cuello que dan la impresión de haber sido aruñado y rasgado por garras filudas.
Apenas olió en el viento a su favor la presencia del buscador, abrió sus lánguidos ojos melancólicos y se incorporó en sus cuartos traseros lanzando un gruñido y abriendo sus fauces de respetables colmillos se desperezó echando la cabeza hacia atrás sin dejar de vigilar su entorno inmediato, sabiendo que el bípedo implume no iba a ir a por él teniendo que des-escalar un pedazo de pared conformando una medialuna de vértigo. Por supuesto, no se equivocaba, el descenso vertical más que impracticable es una linda barrera; qué suerte tener un abismo como si fuese el dispositivo que mantenga la mínima distancia entre especies mamíferas. Así que no hay manera de malograr mi instante con el Lobo Fino, está descartada una grosera aproximación del buscador. El contacto visual mutuo vino espontáneo y directo, a cuatro a cinco metros de distancia aérea vertical de la repisa donde él descansaba. La fuga a por lo sano del espécimen salvaje hubiera sido inevitable si las circunstancias, los accidentes del terreno, no se alineaban con el caminante.
Lobo Fino ya tuvo suficiente de contacto visual interespecies, se mueve moroso en la plancha que tiene figuras romboides como si se tratara de baldosas de granito café empatadas por la mano invisible de la erosión. De fenotipo compacto, fornido, musculoso y rollizo a la vez, se desliza hacia delante con sus aletas anteriores flexibles y diseñadas por la evolución para adherirse a la roca seca o húmeda haciendo de él un experto en moverse en cascadas de rocas ciclópeas, sobrepasar escalonados riscos saliendo del océano para secarse y descansar con largueza o entrando al océano para pescar. Se para con vista al piélago de fondo claroscuro y tintes metálicos, y da la espalda al otrora Homo sapiens cazador-recolector, infiriéndole mirada de adiós oblicua, lánguida y me animo a decir cómplice. Lobo Fino se tendió de panza, cuan largo es, en la cama calentita de mediodía ecuatorial, a recuperar su sueño primordial interrumpido.
¡Adiós Lobo Fino! Hago el camino de regreso ubicando y siguiendo los hitos naturales a la mano en la línea costanera tortuosa. El instante duró lo que tenía que demorarse en un tiempo inmedible, no hay cartabón que mida un tiempo así porque es recobrable. Ha sido capturado el instante con el Lobo Fino, vendrá involuntariamente a la mente a manera de ficción y se prolongará a futuro. Estoy cruzando el último accidente rocoso antes de alcanzar la amplia plataforma-jardín de Barranco Gris; cualesquier prisa está de vacaciones una vez materializado el hallazgo, cuando me había resignado a que el suceso quede pendiente sin que por ello descompense la aventura que provocó su búsqueda. Las sensaciones y emociones por venir son un tiempo extra, un valor añadido propio al retorno.
¡Bienvenido Lobo Fino, el vigía! Acabo de descubrir a Lobo Fino, el vigía, a la distancia. Calculo que está aproximadamente a quince metros en línea directa perpendicular, digamos que un escalón arriba, desde mi lado aéreo de observación. Comparado con Lobo Fino, el joven, que dejé recuperando su sueño primordial en la plancha de las figuras romboides, este espécimen viene a ser un adulto de fenotipo augusto, un súper alfa circunspecto y de aura venerable. Figurando el vértice de por medio entre dos aristas formando una V pétrea, el peletero vigía se halla estacionado arriba, en sí retrepado en soleada repisa bajo el extraplomo que sobresale de Barranco Gris, cual trampolín al vacío. Yo me encuentro erguido en el rellano de arena que preside al ángulo agudo del acantilado, y que es el paso ascendente a la plataforma-jardín de Barranco Gris. Dueño de un círculo de seguridad infranqueable Lobo Fino, el vigía, luce su porte aristocrático escrutando de espaldas al océano. La masa de agua salobre, retrayéndose en el apogeo de bajamar, desvela campos rocosos cubiertos de algas y líquenes de tintes ferruginosos brillantes y jugosos por la espuma marina retenida.
Medito en que hubiese perdido el momento de hacer contacto visual mutuo con Lobo Fino, el vigía, si pasaba de largo desapercibido de su presencia vigilante desde la repisa que lo acoge, o si él estaba de espaldas a mi transcurrir. De no parar a escrutar en su dirección, habría alcanzado rápido el rellano de Barranco Gris y una vez en su jardín me hubiese alejado instintivamente del vértigo del trampolín que cubre y sobrepasa la repisa a manera de visera. No soy clavadista por deporte y, la visión de semejante invitación a precipitarse en el vacío, es digna de respeto y admiración siempre que esté en posición de provecho contemplativo, alejado del vértigo tal cual me encuentro aquí y ahora. Asumo que Lobo Fino, el vigía, me ubicó con la vista y el olfato, lo cierto es que se disparó un resorte en mi consciencia porque me detuve para alzar a ver hacia el reclamo de sus ojazos anfibios. El contacto visual se concretó sin más preámbulos que el de reflejar su personalidad mayestática en mi mente diciendo sí, es un lobo peletero distinto al joven aún de hace un instante, es otro individuo en otro instante y tiempo-espacio, y pertenece a la rara especie que estás aprendiendo a distinguir sobre la marcha.
Así acontecieron y se sucedieron dos hallazgos intempestivos de dos especímenes diferentes de Arctophoca galapagoensis, ambos reinando en sus lugares e invisibles el uno al otro por los accidentes geográficos de la zona. Tan solo mediaba un tramo de terreno mínimo y el tiempo de marcha entre el adiós a Lobo Fino, el joven y la bienvenida a Lobo Fino, el vigía, fue fugaz. Apenas empezaba a digerir el primer hallazgo de alta intensidad vino el segundo hallazgo de moderada intensidad. En todo caso, hay harto para rumiar a futuro cuando las imágenes de Lobo Fino, el joven y Lobo Fino, el vigía, rueden en lo espontáneo por venir, cada cual en su dimensión adquirida, allá en la mente del sujeto de la experiencia. No quepa duda que el primer encuentro generó el segundo encuentro, y que con Lobo Fino, el joven, hubo singular conexión por la cercanía interespecies sumando a ello la inminente decisión de retornar a puerto con suficientes arrestos para que la vuelta no encarne a la fatiga y el desencanto.
Lobo Fino, el vigía, vino a ser el extra que hizo del inicio del retorno un acontecimiento festivo. El contacto visual fue moderado en su intensidad temporal por los quince metros de distancia de ser a ser y, de facto, por la barrera abrupta que al bípedo transeúnte lo separaba de la repisa aérea que a gusto la tenía por inalcanzable e impracticable para sus básicas habilidades escaladoras a la intemperie. Y a gusto fue también para el consumado escalador natural de paredes escalonadas y húmedas que es Lobo Fino, el vigía, que si no fuese así no se atrevería a sortear de arriba a abajo rocas en cascada de vértigo. Cómo sería de divertido verlo al bípedo implume sumido en su retorno de mediodía, a caballo entre el cuidado instintivo y el ser peripatético. Es decir, sería un goce platónico verme a mí mismo con los ojos del vigía. Verme desde arriba sumido en visones a la vez que la máquina biológica impele al caminante que porta el mismo corazón del cavernícola para capear lo agreste. Contemplo al mismo tiempo que evito caídas catastróficas, aunque de súbito y en moción lenta puedo ser presa de golpes ridículos que duelen al sujeto de la experiencia y que le provocan ira e indignación por haber sido resbalones eludibles.
La boca del rodadero fruto de caprichos eruptivos, emite ecos de bajamar que auguran calas con playitas y lagunas que estaban escondidas a la venida y que cursando el mediodía serán paisaje inédito allende la plataforma-jardín de Barranco Gris. Hago el descenso a la orilla sinuosa de arena cercada por campos de piedras menudas sueltas, yerbas rastreras rojizas y manchas verdes de manglares de avanzada. En las postrimerías del escalón que combina un filo de vértigo marrón, desniveles de locura, con racimos de flores brotando cual creaciones impresionistas, retrepados en roca acaramelada del parapeto dentado que parece brotar de de las fauces de un leviatán varado, se agrupaban piqueros de patas azules. Talvez una docena de estas aves pintan de gracia alada la acuarela de la tierra, el mar y el cielo que en un pestañeo fueron tomados por volandera garua.
Dejo los ambientes pardos y grises del tiempo de acantilado, dejo la garua volandera para meterme en la caleta de piscina turquesa. Apenas superando oblongo muro rocoso que se difumina en aguas serenas, me sorprende el reflejo de orilla marina viviente. Qué más vívido que las tortugas marinas de carey compartiendo espacio-tiempo con sus primas hermanas las tortugas prietas. El paisaje de las tortugas marinas entró por los ojos completando la transición del silencio sobrio y a la vez rugiente del Barranco Gris a la fantástica realidad de laguna y playita de arena cremosa granulada. El asombro acudió raudo como si fuese la primera ocasión que tras amigable promontorio de roca lávica reviente un mundo de reposo veraniego para exhaustas tortugas marinas que cruzan océanos por sí mismas, atraviesan distancias inimaginables para cualquier distraído peatón, para desovar en esta isla o de hecho solo para hacerle el quite a su hado peregrino. Asumo que es una pausa deliciosa tras los peligros salvados ayer para volver a nuevos peligros que salvar mañana mientras sea presa del bípedo implume: el exterminador planetario por la gracia de los apóstoles de la entropía máxima.
Cómo explicar estas obras de arte migratorias, palpitantes, que en sí son las tortugas marinas; seres de alcurnia eónica reptiliana, especímenes que impresionan con sus escamas de figuras geométricas de rabo a pico, pinturitas de aletas inferiores y superiores. Embelesa el caparazón fulgido matizado por colores monocromáticos, encanta el caparazón que irradia pinceladas abstractas de carey. Las escamas de la cabeza son oleos del cubismo biológico, de líneas blancas dividiendo y dando forma a mosaico evolutivo en la escala de colores marrones y derivaciones de fuegos encendidos por la luz del mediodía.
De hecho, es valor adquirido lo de asombrarse de repente en los circuitos personalizados que hago en las cinco islas que tengo permitido crear y recrear instantes que se alumbran por sí mismos y se apartan de la caverna globalizada en los móviles. Fue la primera vez que aterricé en estas calas de bajamar, con tortugas marinas de por medio, que serán barridas por el oleaje de la marea alta en su apogeo crepuscular. Me quedo con su mediodía fastuoso y tomo sin regresar a ver el atajo laberíntico de la lengua lávica petrificada por encima de humedal reverberando.
No recojo los pasos del remanso camuflado entre verdes matas, y no echo en falta las aves de orilla de la mañana porque es otro devenir; vuelco mi tiempo-espacio de retorno en re-andar más allá de Playa Escondida con rumbo fijo al puerto. Estoy en terreno que conforme me aproxime al Portal de Las Botellas, será más reconocible el final del regreso, entretanto quemaré etapas para que de sus cenizas surja la iguana marina Venustissimus.
por Juan Arias Bermeo | Mar 17, 2022 | Más Ficciones
Andar por el filo rocoso te ha venido agradable cuando reina la marea baja y por eso hoy te alejaste del puerto más de lo conveniente, y sucedió proyectado al cubo la situación que Jennifer, la chica local atenta y conversadora del restaurante Los Delfines, te advirtió evites a toda costa: quedar atrapada en una caleta en pleamar. Apenas anteayer, merendando sabroso en Los Delfines, reíste con la manera de cantar la comanda al chef de lo que solicitaste para comer y beber: “la doctora quiere lo de siempre”, aulló Jennifer. De entrada en Los Delfines, cuando intercambiaron nombre, oficio y/o profesión de cada quien, le pediste que te llame Tilda, a secas, y así lo hace en una charla cualesquiera contigo, salvo cuando canta la comanda de servicio. Para tu capote decías que preferible que diga a voz en cuello doctora antes que psicoterapeuta, que suena fatal para el caso. Y la hora del postre fue disfrutar de la forma cómo Jennifer relató su aventura en la caleta donde quedó atrapada, parecía haberse divertido mucho en vez de pasar miedo, y tú recalcando que hubiese sido terrorífica la aventura si sufrías la mitad de lo que sufrió ella.
De pronto, estás atrapada en una tempestad del padre y señor nuestro, sufriendo los monstruos lovecraftianos que genera tu mente de montañés en el filo marino, ya escuchas los tambores que invocan a Cthulhu, y tú eres el sacrificio ritual que los locales ofrecen a su deidad para que los libre de esta noche aciaga y de posibles tsunamis futuros. Aquí, raptada por oceánica meteorología generadora de terror nocturnal y no por una barrera inocua de pleamar, sí que te viene como un cuento jocoso lo de Jennifer que, después de dos o tres horas de haber quedado bloqueada entre caletas, escapó acariciada por la luz solar de media tarde y en minutos estuvo de regreso en la deliciosa senda que desemboca en el trajinado -por turístico- Camino de Tortugas Gigantes. Estás avisada de que la noche entera viene por delante, recién empieza y se ha desquiciado la isla pacífica que viniste a peinar por día y medio, junto al precavido Inti, cual jamás se le hubiese ocurrido perderse a propósito en la orilla rocosa. Para el apuradito una aventura de Don Quijote es una quimera abominable. La buena noticia en medio de la tempestad es que no sabes nada más de él desde la feliz y espontánea separación de dos cuerpos y almas que no fueron uno ni lo serán. Asumes que mañana Inti regresará contento, ¿por qué no?, al continente habiendo cumplido su programa cronometrado y milimétrico en las islas. Mientras que tú, Tilda mía, estás sin poder bajar de la cumbre del séptimo día isleño, fuiste a por la aventura cimera en la isla del caballito de mar rampante y aquí estás atrapada en tu deseo.
Hiciste bien en avisar, usando el celular de Jennifer, en escueto y terminante mensaje a tu secretario, Lorenzo, para que se abstenga de meter las narices en tus vacaciones ampliadas porque te dio la reverendísima gana de irte de largo en el archipiélago de tus aventuras. “¡Móvil extraviado! Jajajijijojo… Favor informa a familiares cercanos y clientes que me quedo acá dos semanas más o hasta agotar mi temporada anual de tiempo libre y soberano”.
Me sigues sorprendiendo, Tilda mía, te has quedado por acá más tiempo astronómico de lo que jamás planeaste y, tomando en cuenta el tiempo mágico que suma este instante tempestuoso, resulta alucinante… ya es inmedible tu experiencia galapagueña. Hecha a disfrutar de las tormentas eléctricas desde los ventanales de la sólida morada que habitas en tierras altas de valle interandino, morada que por sus características arquitectónicas de armonía con parques y jardines aledaños constituye tu refugio para gozar de las delicias de páramo, tu hogar que mantiene año corrido las vistas de primavera-otoño de la serranía. Sin duda es el agujero para el relajamiento de la psicoterapeuta que tiene que digerir y expeler la angustia ajena, el agujero egoísta que te libra de reventar en la estulticia sin retorno. Tu agujero montañés riñe y se excluye de la realidad de los mundillos hacinados y pestilentes de la ciudad Medusa Multicolor, donde las barriadas tipo termita humana sobreviven con la esperanza de que el metaverso las acoja y redima. A vos te priva ser visitada por el granizo y recibir la pincelada polar en tus ventanas, lo efímero de esos cuadros invernales hacen de ellos una exquisitez rara que desaparece con el poderoso sol de lluvia equinoccial de la mañana posterior, el blanco se licua y filtrándose en la tierra no deja huella como si hubiese sido un encantamiento de manso valle interandino.
El piso irregular y resbaloso de los campos de piedras cada vez más estrechados por el oleaje no era una opción de escape al peligro que se cernía con la tempestad eléctrica a puertas. En lontananza, el horizonte plomizo metálico, dio paso a relámpagos y centellas, a rayos dibujando figuras de nervios artríticos blanquecinos esfumándose enloquecidos en la negritud que no dejaba margen para dispersión en tu mente concentrada en hallar un refugio o lo que se parezca a eso entre los tupidos árboles de Manzanillo, tu única opción ya acorralada por las paredes pétreas inabordables que se constituyeron los flancos de la caleta otrora transitable. Ya no había marea baja que te saque de apuros en lo que te quedaba de luz solar, perdiste toda referencia de los paisajes de las caletas que superaste para llegar este punto sin salida, pero la fortuna te sonrió con un hallazgo donde podías dar rienda suelta a tus monstruos, y que se aireen a su albedrio en esta suerte de tambo rústico tropical que te deparó el Manzanillo, el mismísimo “árbol de la muerte” que devino en vertiente de vida. Estar en la choza impermeable de anónimo y magnífico anfitrión, es como ser huésped de un camarote panorámico del submarino Nautilus y aguardando el llamado a cenar con el capitán Nemo.
No obstante, a la hora que el temporal pegó de lleno en la caleta trayendo de alta mar la tormenta eléctrica, los vientos irascibles, el diluvio del cielo y el etcétera de elementos naturales aterradores que auparon la catarsis de la psicoterapeuta, imaginaste que así te sentirías si hubieses hecho un campamento forzado en la repisa providencial de un pico romántico entre los andinistas de fuste, por ejemplo el Ogro Tropical, deseado por su verticalidad retadora, esto en el mundo de la conquista de lo inútil al filo de lo imposible.
Tienes tiempo y ganas para sacar a pasear a tus fenómenos de espanto, es el momento de la psicoterapia íntima o mejor dicho la oportunidad de exorcizar tus miedos atávicos. Así de dispuesta a bucear en tus profundidades escatológicas porque el hado te facilitó un techo y paredes laterales sin filtraciones, que te protege contra el temporal de filo costanero aunque no lo hará de un tsunami o algo así de letal insalvable. Se te antoja que este refugio está hecho y mantenido a propósito por algún residente de la isla que es poeta además de regio instalador de magia de orilla rocosa.
Este surtidor de endriagos y vestiglos al cabo no te desveló sino que haciendo el efecto contrario te entregó, entre el mar picado y frondosos humedales que son selvas infranqueables, al territorio onírico de Neptuno en modo sosegado y dador de paz cuando el paroxismo de tus temores abordó el último y definitivo miedo: la desintegración súbita de tu unidad de carbono. Tu mochila de ataque liguero a la cumbre de este día, trajo consigo lo mínimo indispensable para el arte de sestear donde toque hacerlo, colchoneta ultraliviana y toalla extra-larga que sirvió de cobija, repelente de zancudos, bebida hidratante, ración de marcha de frutos secos, protector solar no ya que te embadurnas de ello antes de salir, ¿qué más?… fue todo lo que necesitaste para flotar en tus terrores hasta que en vez de que los tambores del culto a Chulú te conduzcan al sacrificio humano lo hicieron al sueño reparador.
Despertaste con los primeros rayos solares de la mañana que en sí fue una aurora tropical, renaciste en la caleta que ayer no se dejó ver, apenas saltar de la choza de Manzanillo fue escuchar, olfatear y respirar el paisaje que ayer se esfumó en la densidad tempestuosa de una noche para enmarcar como un cuadro precioso y destinarlo al museo que exhibirá tesoros de la memoria existencial de la aventurera en que te convertiste acá. La tormenta tropical no hizo más que arrullarte en beatifico sueño mientras tus demonios participaron del aquelarre en honor a Chulú, y, cuando abandonaron exhaustos la parranda luciferina al amanecer recogiéndose en los predios entre gélidos y ardientes que habitan en tu alma, entonces volviste a los aires benignos de la orilla rocosa. Despierta y cargada de energía vital tras impensado descanso descubres la hermosura salvaje de la playita de arena dorada. De todas las caletas que atravesaste ayer, tienes la certeza de que es la única de playa nivelada y, por añadidura, rítmico oleaje de laguna de aguas cristalinas la mima. El agasajo mañanero vino con el ingrediente principal de tortugas marinas retozando en remanso turquesa, ¿cuántas viste… cuántas sentiste Tilda Mía?
Despidiéndote del tambo real del poeta anónimo, agradecida por la liberación de ti misma que propició la nocturnal emancipación de tus criaturas nictálopes subterráneas, aprovechando la tibieza temprana de la brisa te dispones a atravesar el esplendor de caletas en apogeo de la marea baja que combina azules y verdes marinos con aéreos celestes y nubes volanderas cruzadas que dibujan y deshacen figuras animalistas terrenales como pulpos o míticas como grifos. Haces el camino seguro de regreso al puerto vía filo costanero, reconoces a izquierda la señal rocosa que grabaste en la mente antes de huir a los matorrales en pos de un hueco guarnecedor, es esa suerte de torre medieval que cierra el cerco pétreo de la caleta -hoy divina- dejando a vista el paso que abre la siguiente caleta que dobla en tamaño a la anterior. ¡Mira vos!, carece de playita y lagunas turquesas, es un campo ancho de piedras azabaches tipo molones que solo tiene una salida firme pegándose a la pared de tierra arcillosa que precede al espacio copado por yerbas rastreras que cuelgan raíces voluptuosas en el vacío.
Se sucedieron dos caletas de playa inclinada con dispersas iguanas tomando sol en gris arena gruesa, y llegaste a la caleta de plataformas rocosas continuas que es una delicia caminarlas, ayer te habías prometido cometer aquí una siesta en la cama o perezosa elegida para la ocasión; sin embargo, aduciendo apetito por las cosas de comer calientes hoy quieres arribar a tiempo para disfrutar del café-bufet en el ya añorado hostal Copetón, y avanzar a la siguiente caleta se tornó perentorio. Cosa que se desvaneció por el árbol que había desbaratado la marejada de anoche, devolviendo a la orilla sus restos formando el arco plantado en la laguna que, de pronto, pintó el cuadro magnético capturando tus sentidos ambulantes. Qué más podías hacer si no tomar asiento para llenarte de sus detalles a discreción.
El palo arqueado contenía en su centro a una princesa iguana bellísima, puedes decir sin ambages que era la versión femenina del Rey Iguana, el súmmum de lo atractivo reptiliano marino, no necesitas ser herpetóloga para capturar en la retina su estilo, porte, garbo y serenidad. Como si frotando los dedos hubieses ordenado al maestro de servicios de la caleta te ponga una perezosa en el sitio de tu contemplación, vino a ti la forma pétrea ergonómica que te permitió acomodarte a tus anchas y devorar postrero bocado de frutos secos de la ración de marcha. “Soy yo, Tilda, la Princesa Gris del Arco, estirada en lo alto digiriendo fresco y suculento desayuno de algas submarinas rojas y verdes, me acompañan en este fruitivo instante solar un grupo de zayapas adultas en plenitud vital irradiando los pardos del palo saponáceo de colores cálidos, más allá pululan manchas negras de juveniles cangrejos en movimiento buscando larvas del madero muerto en descomposición. Y los pinzones desparasitando mi piel hecha para doblar cardos, buen trato: comida a cambio de higiene personal”.
No sentiste la llegada del gato feral pajizo y desgarbado que por asalto se robó el primer plano del gran angular que proyectaba la Princesa Gris del Arco, no era uno de los lindos gatitos que adoptó la quinta donde rige la psicoterapeuta de encargo sino un espécimen invasivo que aniquila especies endémicas como el copetón, no dudas que el felino avistó y asecha a la presa con el sigilo característico de los suyos. Y ¡zas!, se elevó de espaldas y en una pirueta dio cara al objetivo dando un manotazo de uñas retractiles al ataque, pero qué capturó en la piedra cuadrada que sobresalía a la derecha de la plancha porosa, allí no observaste nada que se parezca a un pájaro, y el gato se perdió de vista por unos segundos para ser nuevamente visible y no tenía el bulto de un copetón, canario o algo así en la trompa flanqueada por tiesos bigotes rubios, ¿fue un golpe fallido?… ¡No!, mira bien al gato que hace contacto visual contigo levantando airoso la cabeza, a cazado un cangrejo negro, es un gato cangrejero y la historia que le vas a contar a Jennifer no va a ser la del campamento forzado por la marejada que sirvió para exorcizar diablos de la casa Tilda sino la del gato cangrejero. Será un relato conciso, divertido y creíble al instante.
por Juan Arias Bermeo | Feb 18, 2022 | Más Ficciones
Tilda, ayer tomaste el lado derecho de lo que ahora sabes es una bifurcación inconfundible de trochas que te han dicho que antaño eran rutas autorizadas para cazadores de especies invasivas. Formas de plásticos de bebidas hidratantes y de gaseosas medio venenosas resaltan en el bosque casi-prístino como mensajes de la globalización de la basura sintética diciéndote: te perseguiré a donde vayas para recordarte el mundo que habitas fungiendo de connotada psicoterapeuta. En todo caso, sugieren que de repente estos senderos son transitados por cazadores que han pasado a ser furtivos puesto que carecen de permiso del Parque Nacional. De hecho creíste escuchar la detonación lejana de vetustas escopetas de perdigones, has tenido la suerte de no cruzarte con ningún cazador furtivo acompañado de jauría hambrienta de canes mestizos, de esos que meten miedo con la sola visión de un encuentro fortuito.
En este punto irrumpe en la memoria el fallido intento de alcanzar las piscinas naturales del criadero de peces Trucha feliz, beneficiándose del río Cabra cuyas aguas templadas, bajando de la altitud del súper-páramo de la cordillera oriental, arriban dadivosas a suelo subtropical andino. Cuán melódico es el dúo que hacen la corriente activa y las piedras pasivas, cuando el líquido freático de la vida terrenal recogido en lagunas de Montañas Azules descienden a bañar de arcoíris el verdor del paseo ribereño que prometía un colofón de dibujos animados en las piscinas del río Cabra. Al cabo te fue esquiva la morada de la trucha arcoíris, ¿talvez te faltó tener la ambición de pescarla y tragártela? No hubo tal, cuando parecía que, salvando el portón y el letrero que invitaba al lugar de la trucha dichosa, los astros se alineaban en aras de completar una mañana bucólica. Asomó inesperada jauría de pequeños canes que, en principio, supusiste superables apenas infiriéndoles una de tus frases hechas preferidas de los juegos de la infancia en Huertos Familiares del Aguacate, “quieto animal feroz que yo nací antes que vos”.
Vana fue tu intención de solventar el momento soltando a pulmón tan alegre frase de la niñez que fue propicia para el juego con tus canes entre árboles de aguacate generosos a la hora de la cosecha. Lo dicho en las orillas de río Cabra, hizo el efecto contrario; ayudó a exacerbarlos el efusivo ademán con movimientos de manos, lo cierto es que se disparó inimaginable instinto de guardia en los pequeños canes que de súbito los agigantó ante tus ojos y por reflejo defensivo retrocediste pasito a pasito sin dar la espalda al peligro hasta que diste de nuevo con el portón y con sigilo dejaste atrás la zona de seguridad de los custodios del hogar de las truchas felices. Los perritos que, en un santiamén, se tornaron en una suerte de demonios de Tasmania, volvieron a ser mascotas de campo y dieron media vuelta hacia el llamado invisible del súper-alfa. Un silbido distante, apenas perceptible a tus oídos, les bastó para que retornen a la mansedumbre de donde brotaron, a galope se esfumaron en el sendero sinuoso que se sumió en el silencio devolviéndote a la hermosura ribereña y al recogimiento de la mancha de bosque primario que te abrazó con sus múltiples extremidades epífitas.
Lo que figuras acá, en el bosque seco de tus despertares, no son podencos de oficio sino parte de la población de animalitos flacos, descuidados y para desgracia de ellos amarrados cual escoria perruna en un patio sucio, pues, no fueron levantados por sus dueños para ser canes altivos ni guardianes del bosque ni de nada que no sea la piltrafa diaria que reciben por existir en el pozo de las mascotas degradadas. No dudes de que en principio pondrán mucha gana a la cacería y serán aguerridos perros motivados por la circunstancia de escaparse unas horas del estado miserable y de podredumbre que habitan en el lado siniestro del mundo perruno así como otros residen benditos en sus hogares privilegiados dentro del perímetro urbano y rural de Puerto Villamil, haciendo que el contraste de calidad de vida entre perros afortunados y desgraciados sea contundente a simple vista. Pronto se desvanecerá su ilusión de engullir carne palpitante y beber sangre fresca al sufrir la dureza del terreno ardiente sobre la marcha, padecerán las almohadillas de las patas atendiendo el voluntarioso instinto de perseguir a la presa por fuera del senderito, topándose con aglomeraciones de rocas volcánicas que en sí son barreras de respeto por los múltiples filos que genera su constitución porosa y, por añadidura, pincharán los cardos y espinas provenientes de árida vegetación. Los pequeños demonios guardianes insobornables de las piscinas de la trucha dichosa, sí fueron de miedo y respetables en la memoria, estos canes de acá darían lástima si llegases a ser testigo de su retirada, los verías hambrientos, desollados y tristes tras su batalla contra la nada perruna.
Ahora ya no te engañas, y lo tuyo es suscitar retiradas de artista guerrero tipo Don Quijote, y aullar ¡hice heroica retirada de tal o cual lugar! De acuerdo, Tilda mía, no hay parangón a la retirada heroica del Quijote, aquella plasmada en la poesía de León Felipe y elevada por el trovador de los setenta, J.M. Serrat, a música ritual. A ti, que leíste y sentiste los Capítulos que se le olvidaron a Cervantes, te viene cual relámpago iluminador el contenido del Capítulo que es relevante aunque esté escondido porque es una casi-aventura, es memorable porque en ti es una aventura completa. Sí, el Capítulo XVI, que pone a D. Quijote a lidiar con uno de los ramplones de su tiempo y que, por inercia, devino en un ramplón vigente a tope en esta época de la prisa histérica por tumbar árboles.
En este viaje sintonizas con el Montalvo que no se resignó a que D. Quijote, vencido en su suerte de duelista por arte de vil engaño consumado por el bachiller Carrasco, se viese obligado a volver a la cordura letal de Alonso Quijano, el hombre que en su insana lucidez hizo testamento y murió allá por el siglo XVII. Conforme a Montalvo, y a lo que a ti te incumbe en tu propia experiencia, D. Quijote sigue cabalgando, sigue avanzando incontenible en la vida lenta, es parte de la mente que no prescribe ante el tiempo y las aguas. El Quijote de Montalvo, en su calidad de imitación del inimitable Quijote cervantino, subió a la altitud interandina del pedacito de planeta llamado Ecuador y renació para librar singulares batallas, se batió donde sea que fuese propicio la intervención de su genoma emancipador en la cuarta salida a finales del siglo diecinueve.
Cómo no Tilda mía, te escucho alto y claro, tu propuesta de aventura o casi-aventura que para tu circunstancia viene a ser alternativa encomiable de lo quijotesco, es asenderear a ritmo de galápago, ¿acaso esto no es un sucedáneo de vida lenta en las Islas Encantadas?, lo es y es pragmatismo puro de tu parte. Y la coincidencia es que el mismo galápago que te condujo por un sendero regenerador hasta que se guardó a sestear en uno de sus tambos, está a la sombra de la opuntia que sobresale en la bifurcación, está devorando una hoja grande, verde y suculenta que le ha cedido su proveedora de fibra y agua. Se ha fijado en ti, te reconoce tal cual tú lo haces con él por su tamaño extraordinario y la forma de los prominentes cuernos que dejan a la vista un valle cóncavo de brillantes escamas pardas. No retrotrae su cuello de boa constrictora, por el contrario, enhiesto en sus cuartos delanteros te mira de frente, invoca tu atención estirando hacia arriba el pico pintado de verde y te sugiere continuar por el lado izquierdo de la bifurcación. Tú interpretas la flecha biológica señalando el sendero al mar que amaneciste invocando.
Y desde que tu amigo galápago avisó que esta nueva senda se sumará al renacimiento isleño de la psicoterapeuta, cogiste el ritmo de la aventurera, no hay vuelta atrás a menos que consumas la mitad del líquido hidratante antes de alcanzar la orilla rocosa. Sobre la marcha los giros a la izquierda se suceden, en un mínimo aunque perceptible declive, y te vas afirmando en tu cometido apenas el rumor oceánico acarició los oídos haciendo pareja con los trinos de los ruiseñores y tú apuestas a pajarear en la brisa de una playa inédita a tu alma recolectora de cuadros de orilla salvaje, y que el cuerpo que la transporta se alivie del bochorno encaminándose al mediodía.
¡Vaya bienvenida al túnel de majagual que te conducirá a la playita de los cerdos! Correcto, Tilda, son dos calaveras de la especie que viste el otro día huir de la especie humana o sea de ti. Pertenecen a la misma estirpe depredadora graciosa a la vista y repugnante al alma cuando los proyectas devorando huevos de tortugas terrestres y marinas, aunque ahora impresionan colgando cual fetiches de sendos árboles de palo-santo. Lucen tétricas y en cierto modo simpáticas como si fuese un detente de caníbales más chistosos que jodidos. Te enteraste hace fu que tus congéneres antropófagos están sentados a diestra y siniestra en la mesa de mantel largo de nuestro señor Don Dinero, dios protector de la gama surtida que va de los corporativistas a los déspotas burocráticos y viceversa y, por reflejo, se incorpora a la antropofagia el etcétera y etcétera al infinito y más allá de masivo agujero negro intergaláctico, las masas que responden al nombre de Pueblo Soberano. Ya sé que te provoca grosera hilaridad lo de Pueblo Soberano, y no es para menos acá donde te sientes soberana de tus resoluciones individuales. Si vas con el automático mental surge la antropófaga de ínclitos antropófagos. Las calaveras afirman con sorna y no exentas de gracejo que también tu envoltura de carbono viene languideciendo ni bien fue arrojada al planeta de los humanos. El osario es una muestra inobjetable de que los canes de los cazadores de especies invasivas, contra pronóstico, fueron felices aquí tragando carne y bebiendo sangre de puerco cimarrón.
Atraviesas agachada el túnel de majagual, inusitado por estrecho y largo, imaginas ser una anaconda mítica reptando en pos de la presa grande y parlanchina que te pondrá a hacer digestión mínimo seis meses, la ubicaste calentita y sabrosa viniendo hacia tus fauces en contravía. Mejor dicho es Inti convertido en cosita fina, en amor tántrico que no tiene desperdicio de pies a cabeza, él choca con tus ojos hipnóticos que lo paralizan de placer, amará mientras es amado por su amante constrictora, será engullido con calmoso deleite y a posteriori sujeto de la siesta sensual más dilatada de Tilda, la gourmet del túnel. Fue delicioso fabular con Inti en modo delicadeza gastronómica, así pusiste en fuga al fantasma de abandonar resignando lo de desembocar en la orilla marina que ruge tan cerca por la ínfima distancia que presientes en línea recta, aunque sigue lejos desde el infranqueable cerco de yerbas rastreras que rodea el final de trayecto.
El túnel de la quimérica Yacu Mama, obra de arte de tupidos y frondosos árboles de majagual, maravilla por sus formas caprichosas pintando el piso con el castaño de hojas yertas matizadas con flores purpuras y frutos bañados de oro otoñal, fue una gozada gourmet. Y contemplaste hacer la digestión entre iguanas bañistas tostándose desnudas al sol, bandadas de piqueros de patas azules y pelícanos de cuello café clavándose en un regio banco de peces azules, plateados y rojos y, por qué no, para la ocasión pingüinos tropicales de estampa filosófica caminando erectos en la playita de fina arena blanca cercada en los costados por promontorios de rocas azabaches salpicados de coloreada multitud de cangrejos zayapa.
Al cabo, un bosque despejado de fornidos y luminosos troncos de majagual, anuncian inminente arribo a la línea costanera, y surges a una playa inclinada que arribó tan extensa como desangelada, no hay señales de las especies de orilla que te iban a dar calurosa bienvenida, solo la marea alta en franco apogeo y decidida a borrar tu huella de la arena gruesa, que de hecho acabará forzando a ir a por el filo alto donde medran hiervas rastreras, y detrás se yerguen paredes vegetales laberínticas e invisibles ciénagas añiles que no pisarás.
Se esfumó el medio día de ensueño nutrido por playita salvaje generosa en fauna endémica de la isla del caballito de mar cósmico, imagen que sí se exhibe en la galería ecuménica del Astronauta Poeta. Te invade la pesadez existencial que ha neutralizado la gana de ir más lejos, ni siquiera alcanzas el campo rocoso en lontananza para acomodar tu cuerpo a una roca ergonómica, adelantas el tiempo de siesta aprovechando la arena y el respaldo del tronco semienterrado que se asemeja a un ictiosaurio que ha devuelto la pleamar. El descanso duró lo justo antes que el oleaje borre tu huella, y fue suficiente para recobrar la gana de hacer un regreso lento y seguro a las bondades eufónicas del bosque seco. Vas en pos del único senderito que puede sacarte de la playa que había que darle el beneficio de la duda, ¿será que en bajamar y visitada por las especies de orilla podría activarse como el espacio donde anida la tortuga marina verde de Galápagos? La prueba irrefutable de que a la fecha la redención del sitio está negada, fue visualizar los nidos profanados por los cerdos dejando agujeros profundos y rastros inconfundibles de la aniquilación reciente de huevos de quelonio, de ahí que este silencio sepulcral se quedó con el nombre de Playa de los cerdos, ¡las calaveras del túnel de majagual no se equivocaban!
por Juan Arias Bermeo | Ene 16, 2022 | Más Ficciones
Estás penetrando a una zona peligrosísima, a una abominación no vista hasta ahora en estos pagos de Abraxas inspirado… jajajojojiji, bromita nomás era porque vas rumbo al mar y sus murmullos eléctricos y las formas salobres de artríticos mangles, andas en pos de calzarte los ojos oceánicos del vate Neruda y ver más que ayer como decía el artista pintor Mora. Vienes atravesando un segmento del infiernillo paradisiaco que es el bosque seco inédito y los aromas de palo santo como referencia aromática del conjunto vegetal selvático. Amiga Tilda, escapaste por los pelos al senderito de guarda parques que se ofreció a tu sed de silenciosos y encuentros cercanos con los ojos de las tortugas y los trinos de ruiseñores del alma. Los ojos del gran angular de la bípeda erguida se han llenado de gozo con la vista del juvenil galápago, ¿macho o hembra, qué mismo será?, para la ocasión suena bonito describirlo como epiceno de faldita escotada y escamas relucientes; “qué cinturita de la niña prieta”, podría haber dicho Inti si tuviese tiempo-espacio para quitarse la camisa de fuerza de la bestia humana apurada y parlanchina y escurrirse de la ruta de los existentes ávidos de selfis. Vaya que estuvieron cerca de alcanzarte el grupo de azuayos simpáticos a la distancia; oh, distancia, cuán propicia fuiste borrando a Tilda del camino de esos endemoniados pedaleando y a un tris de rebasarte. Se desquició la gente alegre que en el desayuno fungieron de turistas moderados, será que montan en bicicleta y creen que están sufriendo a la montaña rusa del mundo Disney, o peor aún a la Máquina Infernal, lo verídico es que se transformaron a tus oídos saludables en horda invasiva, auspiciados por el comandante Gritón. Apenas lo escuchaste vociferar “¡longa loma, puerca loma, sucia loma…! ¿dónde te escondes imberbe que no te veo?”, asociaste por el acento cantarín inconfundible que era el jefe del grupo del desayuno en el hostal Copetón. Rodaban en pos de Colina Radar y el mentado Muro, el comandante Gritón ansiaba finalizar el trayecto y de ahí su reclamo existencial de “longa loma… etcétera”.
Tilda mía, actuaste por reflejo y desapareciste en el senderito providencial que asomó a mano izquierda cual ente salvador de psicoterapeutas en apuros. Adiós comandante Gritón, la prisa te carcomía desde que cronometrabas, al puro estilo Inti, tu mañana en la isla que te habías propuesto peinarla en veinte y cuatro horas, incluida pernoctación de por medio. El grupo tenía que cumplir metas importantísimas como esa de “a la una almorzamos para irnos bien comiditos en la puerca lancha”. Jeejijijuju, salud a estos espíritus australes, son de antología, ¿qué dices?, embarcarse bien comiditos en lancha rápida y arrullados por el océano profundo de la tarde, coraje no les falta.
Te encanta toparte con conatos de bifurcaciones de senderitos que al cabo resultan desviaciones a distintos hogares de tortugas gigantes, aquí tienes uno lindo Tilda, ¿lo vas a tomar? Sí, husmea donde te apetezca, eres la tirana de tu tiempo-espacio, dale a ver con qué te encuentras al tope… ¿Viste?, esto es lo que te preparaba el desvío que decidiste experimentar: un galápago de respetables dimensiones está babeando y tosiendo fuerte como queriendo expulsar algo del interior del pico que si no fuese una herramienta para cortar hojas espinadas de cactus daría terror hacer contacto ocular con el espécimen de marras, si te mordiera te volaría un par de dedos fácil, en todo caso la realidad dicta que la especie depredadora por antonomasia es la tuya mi estimada Tildita, y él lo sabe desde que su especie guardó en su memoria el peligro inminente que significa contactar con la bestia humana. Pocas historias habrán de amistad sincera y perdurable entre galápagos y cristianos, la única que conoces bien y te ha conmovido es la relación del finado Solitario George (el galápago centenario que fue obligado a abandonar su divina soledad en Isla Pinta) con el finado Fausto Llerena (guarda parques que cuidó, en cautiverio, de principio a fin a la última tortuga de Isla Pinta). Mira tú, nuestro espécimen escupió un trozo de madera o algo así, vaya que en la escases de todo, todo es alimento para estos campeones de la supervivencia, ¿te parece poco aguantar hasta medio año sin comer ni beber? No exageras, y si así fuese prefiere exagerar a quedarte corta en tu admiración por estos adorables gigantes. Y a la verdad la capacidad de la especie de aguantar meses sin agua ni comida ha hecho que esté al filo de la extinción. Imagina, Tilda mía, el chollo para piratas y otras yerbas toxicas que incluyeron en su dieta a la carne viva de galápagos raptados para ser consumidos en travesías largas alrededor de los siete mares. Recupérate panita campeón de la auténtica resiliencia, nos vemos al regreso del suave descenso a lo desconocido marino, si todavía estás medrando en los alrededores.
Conforme te sumerges en la brisa del piélago que acaricia a la isla, viene un crescendo del compás melódico de olas chocando o lamiendo la orilla rocosa que deja al descubierto caletas de ensueño de arena gruesa pintona que incluye conchas machacadas por la erosión. Soñaste con piscinas de aguas cristalinas teniendo de bañistas tostándose al sol a hieráticas iguanas marinas y a ligeras y huidizas lagartijas endémicas; estás hecha amiga Tilda, vas a pintar ese sueño y exclamar: oh, frondoso y retorcido mangle de avanzada, en tu regazo voy a tender la cama playera. Tal maravilla es lo que te aguarda al final de la vegetación leñosa y pajiza que cede a tupido verdor de orilla, tuviste un adelanto de bajamar festonada de caletas combinando grises volcánicos con piscinas turquesas cuando tu gran angular capturó pinturitas nítidas desde lo alto de Colina Radar.
Las tortugas gigantes no habitan el piso biológico que forma la barrera vegetal de hiervas rastreras que precede a la orilla rocosa, y para ti sería impenetrable si no existiese el estrecho senderito recién mantenido y desbrozado a los costados por los guarda parques, y que nos place estrenarlo con los pies, ojos, orejas y olfato. De no tenerlo a disposición de la curiosa psicoterapeuta no habría un acceso gentil al pedacito de línea costanera que se viene a ritmo de lagartos marinos. Este laberinto de verdes matas entrelazadas entre sí traen la figura de una red del Reino Fungi en exteriores, y acá es de alivio saber que brillan por su ausencia los monstruos venenosos tipo serpientes o esos terroríficos dragones monitor, de filosa dentadura carnicera, que inyectan de baba infecta de gangrena a su presa para dado el momento tragarse a mordiscos a la víctima muerta o moribunda. Aquí, amiga Tilda, nada de miedos atávicos a tus antiguos depredadores, no eres presa más que de tu intuición galopante, y es difícil andar distraída, di tú en modo paseante de vitrinas de supermercado, donde compras poco o nada pero anhelas todo lo que se ofrece etiquetado a diestra y siniestra. Percibo que no anhelas cosas provenientes de los santuarios de la tecnolatría cuando se activan los cuatro ojos que tienes para ver más que ayer. Diste en el clavo, entraste de lleno en el territorio donde anidan las iguanas marinas; ¡alerta, alerta…!, comienza el movimiento de godzillas en miniatura, van saltando al senderito colas, partes de cuerpos y cabezas dragoniles que emergen del país del Rey Iguana.
Presientes, Tilda, que algo memorable va ha suceder porque surgen espaciadamente pares de iguanas erguidas, ya atravesadas a lo ancho o ya apostadas a lo largo del senderito flanqueado por paredes vegetales. Fíjate que no vienen formando el cuadro relajado de individuos de sangre fría estirando sus miembros anteriores y posteriores al máximo para tomar las vitaminas del sol que elevan su temperatura interior corporal en aras de digerir a plenitud su dieta de algas submarinas, sino más bien están adoptando impasible y solemne pose de guardianes del territorio del Rey Iguana. No es más un presentimiento sino una realidad incontrastable: pisas una plaza sagrada destinada a rituales del mismísimo Rey Iguana. En todo caso no hay marcha atrás, todavía te brindan espacios libres de roce interespecies, y ellos hacen caso omiso al paso sigiloso de la intrusa, que es decir que aupan tu resolución de continuar. ¿Intrusa?, sí, eso eres Tilda, no es que te has incorporado al paisaje natural como si fueses parte de una especie endémica de la isla, y la consciencia de no serlo es lo que hace que te sientas una alienígena de vacaciones en este pedacito impoluto del planeta poluto. Estos soberbios especímenes guardianes auguran algo mayor que se nos aproxima porque, no te engañes, vas directo al encuentro con el ser reptiliano que ya imaginas porque te ha sido anunciado dentro de ti como una fábula, estás sobre la marcha en lo que viniste a buscar fuera de la perenne bulla y gases tóxicos de megalópolis: realizaciones intempestivas.
Se viene, se viene, esto es orgiástico Tilda. Detente y apenas respira, controla tu impulso de gritar de alegría, relájate como la buena psicoterapeuta que te dicen que eres para otros y selo para ti misma, es el momento de crear involuntariamente imágenes, texturas, olores y sonidos prístinos memorables, sin selfis perecibles en lo instantáneo intrascendente, hiciste lo justo al darle su sitio al bicho que te inyecta el metaverso de todos los días, refundirlo entre la ropa sucia hasta que sea rescatado por ¿quién?… En efecto, por Tilda, la amante de la psicoterapia como sucedáneo del paraíso en los pulmones podridos de la posmodernidad. Jojojijijaja, ¡grosera!, respeta tu profesión para eso aúllas a rabiar en las redes sociales que la profesas siendo ínclita profesional a la manera de los críticos amnésicos del celuloide tipo Boyardo, Bayardo o Boyero. Chica, da lo mismo cualquier nombre si captas la esencia de la idea. Basta de bromear contigo misma, amordaza a tu risa de bruja urbanícola, ¡silencio, Tilda mía!, acaso no sientes lo que tienes a tus pies desde este escalón privilegiado, contempla y asómbrate mucho más que Napoleón ante las pirámides egipcias cuando dijo algo así de solemne a su tropa invasora efervescente: “valientes guerreros tres mil años de civilización los observa”. Acá tenemos a millones de millones años de vigencia de los dragones ancestrales expuesta en una iguana marina fuera de lote. Entérate chiquilla, estás ante el Rey Iguana que es monocromático por derecho adquirido, no viste colores porque no los necesita para ser cautivante, vaya que es tan apolíneo como te lo imaginaste en tus sueños húmedos, dobla el tamaño de las hermosuras reptilianas resguardando su círculo íntimo. Ya te quisieras la estampa de una sola de esas beldades antediluvianas, ¿en modo bípedo humano?, favor no digas burradas… perdón por el lapsus, hemos resuelto que en este mundo cero alusiones despectivas abusando de la inocencia de los animales puros, corrección: favor no digas humanadas, ¿oíste bien?
por Juan Arias Bermeo | Dic 14, 2021 | Más Ficciones
En el planeta de los humanos muchas comparaciones despectivas y que denotan perversidad de los individuos de la especie dominante, se sustentan en el comportamiento y en las imágenes de los animales puros salvajes. De facto el que va a ritmo de galápago es el galápago pero ella, Tilda, quiere experimentar, en el sitio preciso para ello, lo que es ir detrás de una tortuga gigante. Desde que pisó Isla Isabela con esa fijación a cuestas, está siendo acusada de pasiva por parte de Inti –ya con huecas palabras, ya con cansino lenguaje corporal–. Inti ha venido a ser para Tilda un índice de velocidad, es el ser que funge de idóneo espécimen posmoderno. Si ella no va a zancadas de manicomio, Inti la culpa de estar perdiendo el tiempo y, lo peor, hace que él gaste su tiempo rápido y fugaz en la vida lenta que ella propone acá, y la sola mención de bajar revoluciones lo pone fúrico.
Inti es como es o sea la esencia de la bestia humana apurada y parlanchina, mantiene su frenética existencia aun estando de paseo en las Islas Encantadas, y es algo incomprensible que a él le digan que vaya a paso de tortuga y aproveche en modo recogimiento su libertad de acción en las islas que vino a peinarlas en ocho días, en realidad vendrían a ser seis días completos quitando las dos jornadas de viaje aéreo del continente a Isla Santa Cruz y viceversa. Cómo es posible que Tildita afirme que no hacer nada es estar más ocupada que nunca, es exasperante que semejante conclusión filosófica del oscurantismo se ponga en práctica en la época de la cotidianidad automática y venga de alguien que pertenece al mundo del sujeto del rendimiento.
¿Qué me dices, Tilda?, no es chiste, busquemos un senderito primitivo de tortuga y literalmente vamos detrás del galápago que encontremos avanzando en radical soledad sin perturbarlo, caminando a prudencial distancia a su ritmo… ¿serías capaz de poner real distancia y tiempo con la bestia humana apurada y parlanchina? Vendría a ser un lindo experimento en la época donde la velocidad prima anulando la introspección natural del individuo mental, es corriente que hasta a la calma espiritual se la empuje al precipicio de la prisa histérica de la estupidización callejera. Para él, ir a paso de tortuga es estancarse cualquiera sea la circunstancia en que se halla inmerso como velocista de su tiempo-espacio, no importa si está en las meras Islas Encantadas, donde las tortugas gigantes son saludables paradigmas de larga existencia. La sicoterapeuta va a mandar bien largo al carajo al resto o sea al apuradito de Inti y ser lo que quiero hacer de este instante: una oda a la vida lenta.
–Tildita vámonos, por favor. Estás como atrofiada en tus marchas, pareces tortuga a propósito. ¡Apúrate!, tenemos lo del tour de bahía y observar a los pingüinos tropicales es tan caro como entrar al zoológico de San Diego, pagué por avistar al menos una docena de pingüinos ¿sabes?… Aquí no hay nada que mirar y no hay nadie civilizado a la vista a quien preguntar si ha visto algo imprescindible de ver. Madrugamos para venir a este lugar horrible, lleno de mala vibra, no perdamos más el tiempo en esta soledad de piedras y fantasmas de sufridores cargándolas para levantar desquiciada pared de catálogo turístico –berreó al viento Inti–.
Inti, apenas llegando al umbral del Muro, se empacó y se desentendió de continuar a pie más allá del parqueadero de bicicletas, se aburría a morir, no subió a Colina Radar para en la cima beneficiarse de aromática y melódica claridad ambiental mañanera que, en estos lares, constituye raro bocado del Olimpo. Hizo ascos a las profundidades eléctricas del océano Pacífico, donde se mostraban las siluetas de Isla Floreana e Isla Santa Cruz. No hubo para él sendas vistas panorámicas a la cercanía de Isla Tortuga y Bahía Puerto Villamil, siguiendo la línea costanera a sureste; no hubo vistas de la zona agrícola y de la cordillera de Sierra Negra, al norte; no hubo vistas del volcán activo Cerro Azul, destacando en nitidez al suroeste tras veinte kilómetros de espeso bosque seco tropical brotando de piso volcánico. Inti pasó de capturar el instante desde un mirador privilegiado. Sí cubrió en bicicleta el trayecto de cinco kilómetros al mentado Muro, a toda máquina y gritando cual poseso por costumbre, simulando que entraba en carreras con Tildita que es tan veloz como él en bicicleta y casi en todo lo demás, pero se mostró reacia a tragarse el Camino de las tortugas a su costado y, cosa de locos, se ha olvidado de los selfis de rigor. Ella no estuvo puntual para los selfis con dos tortugas gigantes que con fastidio y pesadez dejaron de caminar y escondieron la cabeza emitiendo fuerte bufido gutural. A él que se enfaden esos reptiles mansos le vale un rábano, lo que quería es superarlos igual que a los especímenes de los costados que rebasó como a piedras incrustadas en la vegetación leñosa, no los considera animales deslumbrantes como los grandes felinos del zoológico de San Diego. De un plumazo hizo suyo todo lo que había que sentir por acá y su lógica viajera mandaba a mudarse a otra cosa que acumule selfis que prueben que viene funcionando a tope en las Islas Encantadas.
Tilda, está resuelta a experimentar la fauna y flora del bosque primario por sí misma, no hicieron mella los reclamos de Inti llamándola de vuelta al redil de la bestia humana apurada y parlanchina. Ella va a extraviarse, a sembrar y cosechar en un tiempo valioso por recobrable en la memoria del existente vividor, memoria mágica que no es la del otro que tal como es jamás se unirá a ir detrás de un galápago moviéndose majestuoso en su hábitat.
–Aquí me quedo, vete tú, estoy a gusto con las lagartijas, ¡Inti, qué lindas lagartijas de buche rojo hay por acá! –replicó duro y claro, invisible desde cualquiera de los altillos miradores de Colina Radar que en conjunción con el Muro logran anfiteatro acústico que puede ser templo de silencio recogido en los trinos de cucuves, pinzones, canarios y copetones o una fuente de estridencia estremecedora de humanos en cháchara–.
¿Qué fue esto?, has respondido con inusitado énfasis que despachó de ti a Inti. Silencio, divino silencio en la fresca mañana que conforme viaje al mediodía se volverá un horno seco tropical y para la hora del bochorno ya estarás envuelta en brisa playera. Inti se marchó en fuga, aullando y resoplando por esa picazón alérgica preludio de la angustia que lo ataca cuando percibe que ha perdido el tiempo y el hombre corre desesperado hacia el futuro. Ido el estorbo estás forjando el instante prístino e imbuyéndote del espíritu de lo primordial, más allá de Colina Radar y el Muro. No sabría decir si acabas de ingresar a una suerte de estado de conciencia alterado, lo verídico es que de repente vas absorta y dichosa por un senderito propio de tortugas gigantes. Se nota, mira la huella irrefutable de la pelotita de bagazo…
Tilda se colgó de un tiempo inmedible tras el recodo que la acopló al paso rítmico del quelonio gigante que había expulsado la pelotita ovalada de bagazo, espécimen que copaba el ancho entero de la trocha imperdible, pues, espeso sotobosque y cúmulos grises de aglomeraciones de roca volcánica cerraban el acceso a los costados. Sin duda se había topado con un ejemplar impactante, aunque tiene de él su figura posterior, por el juego de cuernos o cúpulas sobresaliendo de lustroso caparazón tipo galápago, es tan vistoso como el regio individuo que estaba nutriéndose cerca del lado escondido del Muro, con el cual se inició en la abstención de selfis, se abstendrá de usar a especímenes en estado salvaje para salir ñañitos en retratos manidos que pasado el rato ya son obsoletos como trillones de imágenes alrededor del orbe que no son para el mañana sino para la desmemoria instantánea. Los selfis de ayer no fueron remitidos a las redes sociales para que en un santiamén cósmico se redirijan al basurero fotográfico del ciberespacio, ayer mismo le resultaron repulsivas las imagines de ella y él en los aeropuertos de Quito y Baltra, de ella y él en el avión, de ella y él en Canal Itabaca, de ella y él aguardando en el muelle de pasajeros de Puerto Ayora el traslado horripilante en lancha rápida a Puerto Villamil, Isla Isabela. Fue providencial el hecho de que le provocaron hartazgo los selfis de ayer y como nunca postergó su envío a la nada social, y el resultado es que aquí y ahora borra esas imágenes y va más allá aún: resetea a fondo su dispositivo celular a manera de una depuración mental y limpia del alma impostergable. No desdeña lo que cosechó ayer, fue un día memorable como preámbulo de lo que resuelve hoy, el impacto de arribar a Galápagos y no desencantarse de entrada sino encantarse de verdad al punto de suscitar terremoto interior que fue auténtico propulsor de su renacimiento. No necesitó para encantarse de la oferta animada e inanimada que se vende en catálogo versátil, a la medida adquisitiva del viajero.
Vendo, vendo, un viaje soñado a Isla Española, sin parangón en el avistamiento de albatros galapagueños… Muy tentadora la oferta, aves majestuosas al filo de la extinción que no veras por ti misma, sin embargo eres afortunada, acabas de adquirir un recurso turístico invaluable porque no existe en mercado alguno, ir por un caminito que se transforma en serendipia. Te apagué móvil de última generación, y ganas tengo de estropearte del todo plaga maldita pero me niego a cargar tu chatarra todavía. Qué ritual iniciático fue resetearte hasta la médula de tus fibras hipnóticas, este bicho va a ser tu esclavo de silicio y no al revés tú la esclava de carbono del bicho. Bravo, fuiste capaz de neutralizar a la cosa como psicoterapia de la sicoterapeuta de prestigio que eres, que no te ubiquen Tilda, en especial el señor que sabemos va a desesperar por tu desaparición y retirada de su gran vuelta a las islas en un abrir y cerrar de ojos. Es elemental, date cuenta animalito bípedo veloz, entérate que Tilda vive en soledad radical y vas a respetar la distancia de seguridad que te ponga así como ella respetó la distancia con la tortuga gigante que distendida devoraba espinada hoja verde de cactus opuntia, o mejor de cactus candelabro porque es fascinante la forma que da su nombre. Aquí con la novedad de que vas caminando a paso de galápago, ¡qué delicia chistosa! Tú la apurada por el apurado, no te sientes lenta por detrás de tu monitor que te ha contagiado de su cadencioso andar con rumbo fijo. Oye, Tilda, no tuviste que seguir un curso para ralentizar tu tranco de torre citadina, sintonizaste de una con él. He sido feliz sorprendida por la sicoterapeuta que acá no está sujeta a la prisa de las arterias de megalópolis artrítica y ahumada. El camino es largo y estrecho en contraste con el tiempo que se expande a los costados en el bosque leñoso infranqueable y prohibido para vos, no así para las especies que perviven acá donde tú estás de paseo nomás, ida por vuelta en un senderito reconocible por tus huellas marcadas en el suelo arenoso, te toparás con ellas cuando retornes al punto de partida en el Muro.
Tres cerdos cimarrones huyen a galope, por un instante la alivio comprobar que acá no existen jabalíes con ansias de embestirla, tampoco eran especímenes endémicos inocuos, aunque se presenten simpáticos y saludables, sino individuos descendientes de la especie invasiva traída por colonos del continente y que al escaparse del corral cambiaron su naturaleza doméstica a un estado salvaje, estos depredadores se han venido prolongando por generaciones y, a pesar de la sacrificada labor de control y exterminio de plagas por parte del personal de Parque Nacional Galápagos, subsisten cerca de los humedales. Tilda figuró a los puercos cimarrones escarbando con sus poderosos hocicos y pesuñas en los nidos de huevos de las tortugas gigantes, e inferir que junto a gatos y ratas son los devoradores de embriones de la especie insignia llamada a poblar estos pagos.
Pronto se distrae con el trajín de los pinzones de Darwin capturando semillas nutritivas del bagazo extendido que han hecho de las pelotas ovaladas, ahora es paja envejecida y tostada en el horno tropical, colige que son detritos de otros quelonios adultos que tomaron su rumbo fijo por la trocha horas antes que el gran espécimen que ella sigue. Se maravilla sobre la marcha de la actividad de los pinzones, sabía que éstos eran diseminadores de semillas pero no cómo aprovechan la vida que los galápagos esparcen en sus residuos biológicos donde ha podido distinguir, -oh, sorpresa-, frutos enteros digeridos y expulsados de manzanillo, motejado el árbol de la muerte. Las distracciones del sendero ayudaron a conservar la distancia de seguridad con el galápago que continuaba avanzando a su ritmo, sin detenerse para esconder la cabeza y bufar de enojo por el rebasamiento de cualesquier humano transeúnte. Tilda concluyó que la bicicleta estaba bien para dar vueltas en el pueblo y en las vías asfaltadas. Andará más, en lo posible descubriendo trochas de los guarda-parques, y será consciente de sus pasos ajenos al relajo de grupo.
Atenta, Tilda, noto cambio de ritmo y disminución de velocidad de nuestro espécimen monitor, presiento que va a girar a la izquierda para internarse en la maleza espinada y chao… nos manda a frenar del todo, a la vera del senderito se metió en su hueco, agujero, casa o cueva cubierta por ramas leñosas. Pero qué lindo iglú tropical te has montado y de cama mullida de tierra arcillosa hecha a tu semejanza, aquí estás bello durmiente con tu cabeza de anaconda y cerrando los ojos distendido, estirando las extremidades anteriores y posteriores mostrando tus enormes manos y pies, libres y al aire las garras de excavar, poderoso y frágil a la vez. “Oye Tilda, me voy de siesta, ya puedes retirarte en paz”. Y es lo que haces para no dañar la captura futura del instante.
De regreso al Muro la recibió un concierto de cucuves trepados en lo alto de las rocas grises, se recogió en el silencio cantor y tomando una piedra redondeada y porosa, negra azabache, de aproximadamente once libras de peso, la empató en el espacio inferior de la muralla. La roca milenaria calzó como un acto simbólico de solidaridad con los reos que levantaron la pared que despidió potente y cautivadora energía íntima. De repente se escuchó invocando al Espíritu del Muro, y tuvo horrendas visiones de matanzas de tortugas en el sitio, luego vinieron secuencias redentoras: cazadores y traficantes de especies huyendo aterrorizados por el guardián de las tortugas y los ruiseñores de volcán Cerro Azul.
por Juan Arias Bermeo | Nov 15, 2021 | Más Ficciones
—Dandy, me voy a pernoctar con las estrellas en las alturas de Pajarero mirador.
—Quiere, su merced Ginebra, que prepare algo apetitoso para desayunar arriba, ¿qué le provoca?
—Ya que lo mentas sí, me encantaría una cosita sabrosa. Arriba amaneceré con la gana de hundirme en los sabores, olores y texturas de una tortilla española que incluya cebolla paiteña, pimientos morrones y guisantes verdes frescos… ¡Por Gea!, tú sí que sabes hacer la tortilla española de pandereta, cosita fina que a una la transporta al huerto en flor de olivos bíblicos de Getsemaní. No hay comparación con la tortilla instantánea, insípida y desangelada que provee en un pestañeo la cocina de integración molecular, lo tuyo es rara delicia que a golpe de fuego lento, en el dispositivo de adobe que es más que un adorno, se hornean los dones de nuestra huerta orgánica.
—Así será su merced Ginebra, de una así será —confirmó Dandy guiñando sus ojos grises, metido en ese tono jocoso y cómplice que fascina a la campesina, pues, él tiene la gracia de la especialidad cibernética Eugenio, Clase A Todoterreno, 7 oficios personalizados, reactualización mental y física automática, energía inagotable, etcétera—.
—Sí, mi estimado, así será porque quiero despertar en Pajarero mirador con sabores, texturas y aromas del Mediterráneo ancestral y no de la cocha asquerosa donde ahora mismo estarán embarrándose a gusto los Pipones Bullangeros.
La nitidez atmosférica de los luceros contrastando con la negritud terrenal motivó que sea renovada huésped de Pajarero mirador. Es su voluntad que todo lo que ha dispuesto para desayunar en el mirador de la finca cafetera, de la finca de olivos, de la finca hortícola Ginebra, sea de origen propio, cositas finas cosechadas en Valle Fin de Mundo, el suelo que –por derecho adquirido– la cobija en exclusividad. Saber qué va a desayunar allá arriba es un acicate más para refocilarse en la noche oscura. ¡Oh, oscuridad primordial, libre de contaminación lumínica y acústica; oscuridad arrullada por vertiente de agua exquisita, eufónica!
Ginebra, fue el nombre que le vino primero a la mente –y así permaneció– para la finca del café de alcurnia, del olivar altivo, y demás frutas y hortalizas del huerto prometido para sembrar y cosechar. Vino con su hogar ambulante empaquetado, no fue una novedad de que la nave espacial de entrada le serviría de casa sino la creatividad que puso en los arreglos que hicieron que la nave pierda radicalmente su forma oval y se transforme en cabaña multimadera que en lo posible se ha mimetizado con el bosque endémico de Valle Fin de Mundo. Y se lo montó de maravilla, trajo consigo la materia prima –semillas de crecimiento meteórico, a la vista, como en el caso de los árboles de olivo y los gemelos Podocarpus, que a la semana ya eran hermosos individuos añejados–, y lo principal vino con Dandy, es él quien maneja los dispositivos del ciclo entero de huerta desde sembrar a cosechar, él es la versatilidad en persona. Ginebra únicamente se concentra en planificar y exponer a Dandy –con mutua clarividencia– las tareas a ejecutar, el resto es el resultado sincronizado de una mente que tiene sueños de campesina y otra mente que los materializa. Ginebra, en su charla formal inicial con Dandy, entre otras ideas fundamentales manifestó: Parafraseando al legendario Vincent van Gogh: yo sueño despierta con escenarios agrícolas y tú haces de ese sueño realidades concretas.
Ginebra soñó, con los ojos abiertos, en este lugar escondido entre el lomerío de la arrugada cordillera Sureña, lo buscó y encontró en el mapeo virtual transcurrida la luciferina guerra contra los Sórdidos. Conflicto feroz en el que combatió victoriosa con el grado de Comandante, no puede ser más que un triunfo para ella y los Contemplativos el que la guerra haya culminado en honroso empate dado la colosal superioridad numérica de los Sórdidos. Comandante Ginebra pertenece de espíritu y corazón a los Contemplativos, sección Metaleras Sinfónicas, y vaya que provocó estragos en la sección enemiga de elite auto denominada Pipones Bullangeros. Se puede afirmar que la verdadera paz entre las masas informes de Sórdidos y la minoría aristocrática de Contemplativos, vino con la implementación del Domo de claustro, tal como se lo conoce entre ambos bandos al escudo sónico y visual, esencial invento que permite a los Contemplativos librarse en soledad del espanto de la contaminación acústica y visual que infieren multitudes de Sórdidos consumistas y alienados bajo el yugo tecnolátrico, multitudes estancadas en estridente fealdad.
Qué estupendo venía tomar el aire tibio de la noche estrellada entonando la melodía del arroyo y las piedras lavadas. Noche oscura inspiradora de fresca mañana que no le quepa duda reventará en sol calcinante a mediodía, aunque ese mismo bochorno sea el factor ideal para gozar del calorcito temprano después del desayuno. Entretanto la tibieza nocturnal la invita a subir por la rampa zigzagueando entre las dos coníferas gemelas de Podocarpus, de 60 metros de estatura. Las coníferas endémicas de la zona montañosa nublada que prendieron a manera de cortesía en dominios del bosque seco, fueron parte de las semillas de crecimiento acelerado que trajo consigo, y que se levantaron como cohetes vegetales por encima de arupos, faiques y arrayanes. Los gemelos Podocarpus son pilares separados lo justo para albergar la estructura colgante de Pajarero mirador. Ginebra concibió desde el tiempo del conflicto con los Pipones Bullangueros, la idea de crear en algún lugar de calorcito seco y constante música de fuente freática, su propia obra de arte aérea inspirada en el Pajarero mirador de ficción que la cautivó de la remota novela señera del escritor Petronio Ojeda: El mundo de los Cachimochos en el país de los Coquinches, publicada bajo el sello editorial Bípedos Depredadores. Una cosa fue imaginar su Pajarero mirador en medio del evento bélico con los Sórdidos, y otra fue concretar en la tierra prometida este monumento a la creatividad equilibrista, joya de la arquitectura flotante arbórea.
Dandy enviará vía ascensor los elementos del buen yantar: recipiente conteniendo el litro del café tesoro de aromas y sensaciones de Finca Ginebra, tortilla española modificada a su gusto, pan crujiente a la gallega, bebidas hidratantes de agua de vertiente. La melodía salvaje la pondrán los trompeteros de la noche y tras reparador descanso los trinadores del amanecer. Ascendió con buen aire y de un tirón al rellano de Pajarero mirador. Saboreó el viento tibio acariciando ramaje matizado por crujidos de la madera viviente, respiró el conjunto que la hará verse como la comandante del galeón del Renacimiento cursando quieto mar de arupos blancos. Surgió al tiempo de transición o sea el tiempo idóneo para que el nocturno de Finca Ginebra la llene de paz y alegría a través de los oídos, el olfato y el tacto terrenos, mientras la modalidad visual viajará a las estrellas. Toda esta hermosura sin par era posible debido a la barrera sonora y visual que abarca en exclusividad el terreno y espacio aéreo correspondiente al vallecito perdido en el entresijo del lomerío sureño y que vino como hecho a la medida de la campesina que fundó Finca Ginebra. A vuelo de pájaro nocturno, ella mismo, se transforma en poesía disparadora del apetito por las cosas del espíritu encarnado, que es la certidumbre de tener de sobra lo que requiere para ser moderadamente feliz. Mientras se aclimataba a la torre daría las vueltas de rigor inherentes al ritual de reencuentro con los treinta metros cuadrados libres de estorbos que obstaculicen la circulación. Otro ambiente es cuando requiere de la modalidad sala de higiene, a lo largo y ancho del Pajarero mirador, entonces se dispara el dispositivo que la muda a buzo de funciones biológicas y abluciones tonificantes.
Empotrados en el parapeto de los pasamanos descansan tres objetos permanentes, a la mano, a saber: hamaca; gafas de uso diurno y nocturnal, es el dispositivo graduable que proyecta en gran angular hasta 360 grados y, por añadidura, facilita enfoque teleobjetivo y macro; disparador múltiple de rayos desintegradores, dispositivo amuleto de Comandante Ginebra, yace flamante en vertical urna protectora. Las gafas y la hamaca son de uso regular, cada vez que sube se sirve de estos dispositivos. Mientras que el desintegrador molecular de la excombatiente no ha salido de su vitrina, no lo tocado siquiera desde que lo guardó en la altura de los gemelos Podocarpus. No niega que le place ver y tener a tiro de las circunstancias impredecibles a la Chola (así llama al desintegrador de Pipones Bullangeros) que se acopló a su mente y brazo formando una trilogía imbatible, y volverían a incorporarse si traban contacto voluntario. Mi Chola está lista para la acción, por si acaso. Musitó ahuyentado escenas y escenarios que no empatan con la aclimatación a las delicias de Pajarero mirador.
Duerme. …soy yegua fina pastando en los prados del Edén.
La mañana límpida y el baño y masajes que tomó a placer lento con el cancionero de jilgueros que desconoce sus nombres vulgares o científicos, le basta identificarlos apenas verlos y/o escuchar sus trinos del alma, por lo demás son el verdiamarillo flotador, el negro pico rojo, el atigrado copetón, el rojo enmascarado, el velociraptor fucsia, etcétera. Qué mejor aperitivo para disponerla a desayunar con hambre, sana y voraz en las alturas. ¡Por Gea, cuánta sabrosura en la sencillez!, exclamó viéndose devorar rebanadas de pan gallego con la tortilla española que viene portando suculentos añadidos a la receta original de los campesinos mediterráneos que hace fu la crearon para hacerle el quite al hambre. Y esa exquisitez subía de quilates gastronómicos con cada sorbo del café campeón de su mundo. Y es la mañana en la que Ginebra está comiendo y cantando fuerte con las chirocas, es Ginebra yendo y viniendo por el Pajarero mirador, desayunando de pie y bromeando para sí se acordó de la frase que nítidamente brotó de su boca ayer, …soy yegua fina pastando en los prados del Edén. Ya cayendo en las simas oníricas, tuvo visiones celestiales que se distorsionaron al despertar. Y de festejar que las pinturitas oníricas de ayer sean borrosas hoy, para qué las quiere si lo que tiene aquí y ahora, son cuadros terrenales que no se arrugan ante espejos paradisíacos.
La mente y cuerpo de Ginebra ya eran equipo con Pajarero mirador, ella era parte del espíritu de los gemelos Podocarpus y se impregnó del airecillo cósmico que aportó el desayuno aéreo. Pasado el momento de las cosas de comer que marcan el ritmo de una mañana llamada a ser de gloria arbórea, solo tiene que hacer visible y usable la hamaca empotrada en el parapeto transparente del pasamano y activar la modalidad de siesta y ensoñar a plena luz tropical. La siesta instintivamente concluirá antes de que caiga el bochorno ecuatorial, entonces su cuerpo–mente acatará la señal ineludible de abandonar Pajarero mirador, a tiempo. Para la campesina, los espaciados viajes a la cima de los gemelos Podocarpus, tienen condumio, sabores y aromas temporales que en la mente del sujeto de la experiencia se conservan involuntariamente y de igual forma retornan al ser consciente tras variable periodo de añejamiento rumiante en las bodegas del instante. Ella no ha hecho de Pajarero mirador una costumbre rutinaria sino una respuesta efectiva al llamado repentino de volver a subir. Sucede que al minuto mismo de pedirle a Dandy que prepare algo de comer diferente, los aromas del desayuno pasado y del mañana la invaden, pero de su boca no salen las palabras cocina lo de siempre Dandy, lo de siempre… y por encanto renueva la solicitud como si fuese un antojo de estreno, y suelta la suerte de la tortilla española.
Se caló las gafas de ver y reconocer aves aquí, allá y acullá, y saltó al escenario que da nombre al Pajarero mirador. Hola harpía Barrabas, ya te enfoqué te guste o no, ¿estamos con progenie? Vaya, enhorabuena Barrabas y señora. Iba dando la vuelta de rigor a los pájaros que brotaban ante sus ojos selváticos, no faltaron especímenes irreconocibles para su regocijo a la vez que suponía que otros se habrían ido definitivamente. Adiós a los desaparecidos, el espíritu del Gran Pájaro perdurará por ustedes y por mí. Contemplo en la perfección terrenal que no es inmortal, pues, está floreciendo en terreno abonado por la extinción.
Para la ocasión el aire de faiques, de arupos, de arrayanes y demás gentileza endémica leñosa y arbórea de bosque seco tropical, se presentó como preámbulo aromático de la siesta. Ginebra despliega la hamaca y fluye en la fiesta emplumada que los dignos descendientes de los dinosaurios le han preparado para destilar ensueños, nada inmediato podría estropear este rato remolón que es finito e irrepetible porque se manda a mudar, es mudable para que cada siesta cometida en Pajarero mirador sea de estreno. ¡Qué rico instante terrenal! Dime Gea, ¿acaso son los cinco centavitos de felicidad que me das para moderar el contraste ineluctable de la infelicidad metafísica de la especie conocida en el multiverso como un error evolutivo? Amigo S. Lem, cuán tragicómico es eso de Bicho monstruo cadaverófilo furioso.
La siesta no se fue de largo y duró lo que tiene que durar para no descender bruscamente al vacío y convertirse en modorra y arruinar el instante. Por ello es lo de la suficiente antelación en ceder el espacio a la canícula del mediodía. Intuyó que la siesta si bien fue intensa en ensoñaciones se quedó algo corta con respecto a otras del pasado. Probablemente la canícula ecuatorial se va a adelantar un tantito, toca descender a la morada de Finca Ginebra, en todo caso es mejor tener tiempo de sobra antes de que reviente a plenitud el calor infernal de la tierra prometida, seré yo bajando con los sentidos ahítos de percepciones que se pondrán a la sombra para madurar y reverdecer.
La cosa sobrevino como una bomba sónica aturdiendo los sentidos, y no era una alucinación proveniente de las secuelas oníricas de la pasada guerra con los Sórdidos. Si en un sueño profundo la visitan escenas de combate, eso no hubiese sido una novedad dentro del intento del subconsciente de paralizarla de miedo con recuerdos bélicos, tales pesadillas vienen a ser un estímulo para preservar la memoria guerrera de Comandante Ginebra, una manera de probar su capacidad de respuesta a cualesquier contingencia inesperada. En todo caso, ella tiene el antídoto para cortar de raíz las pesadillas de guerra que de vez en cuando la acometen, con la palabra clave: café. Y dijo café no una sino tres veces. Pero acá no había donde perderse, salía de la siesta de Pajarero mirador con sus sentidos alerta en el presente-futuro de Valle Fin de Mundo. Está entrenada hasta la medula para la defensa y contraataque y, por reflejo instantáneo, incorporó a su brazo izquierdo, a su mente–cuerpo, el desintegrador molecular de Sórdidos que en conjunción con las gafas de enfocar ubicaron la burbuja enemiga que, ante inusitada falla del escudo sónico visual, invadió Finca Ginebra con las ondas del ruido siniestro y propio de Pipones Bullangeros, era el pinche Capulina y sus mariachis “emulando” al afamado artista Alejo. Vaya remedo ridículo y estridente de un compositor y cantante que al cabo dio lo suyo otrora, Alejo sí había hecho roncha entre las masas fatuas que son el antecedente histórico de lo que en esta época suya se materealizó en multitudes de Sórdidos.
¡Pinche Capulina!, te me escapaste por las mechas la última vez que nos topamos en singular batalla… ¡dale con todo Chola feroz, que no quede huella del condenado Capulina y su banda de bestias Homo sapiens! Acto seguido atacó con el efecto racimo del desintegrador molecular, se esfumó la burbuja y a las cenizas de Capulina y sus mariachis no sabrá distinguirlas de la tierra sureña, imagina que servirán de alimento a los sembrados orgánicos de Finca Ginebra.
¡Por Gea, Dandy!, ¿qué diablos fue eso?… Eufórica y de buen talante, no podía ocultar que el final de su espaciotiempo en Pajarero mirador había sido una escena digna de un rodaje de ciencia ficción memorable. Es que a su merced se le apareció algún ser luciferino alado. Dandy distendido, no respondió a la cuestión porque no mostraba mayor sorpresa cuando Ginebra y sus circunstancias eran motivo de júbilo privado, propio del ser que lo experimenta, la diferencia más bien venía por la súbita presencia de ella. De hecho en las anteriores visitas al Pajarero mirador había descendido zigzagueando por las rampas y ahora usó el ascensor y en un suspiro estuvo frente a él. Entiendo, tú no te enteraste de nada, fue cosa mía y de… favor comunícame con la jefatura de Metaleras Sinfónicas, mismamente con la Comandante Freya.
La conversación con Freya estuvo cargada de buenos augurios y risas nerviosas que pronto ascendieron a fraternales bromas de excombatientes de la legión Metaleras Sinfónicas. Tal como lo presentía no hubo falló del escudo sónico y visual, el holograma del pinche Capulina y sus mariachis fue parte de un programa experimental para divertirla con juegos de guerra inocuos y de paso verificar en situ su estado físico mental en transición de campesina en contemplación a combatiente endemoniada.
por Juan Arias Bermeo | Ago 5, 2021 | Más Ficciones
La noche en la que acaeció el portento de Soda Bar Andrómeda es el meollo de este relato que mi amigo el loquero onírico, me recomendó activar en modo terapia del alma, o más bien diría yo que es en modo ficción de una realidad que experimenté a plenitud y que no es posible clonarla sino apenas hacer de los hechos concretos una narración extraordinaria o algo así. Voy a ello sin más preámbulos, la noche empezó saludable como en las otras ocasiones que acudí a la Milla Histórica o Ciudad Vieja, cenando delicioso menú vegetariano en Cueva de Godzilla, magnífico establecimiento festonado con hologramas nítidos de retratos de especímenes de iguanas marinas, qué maravilla de imágenes subacuáticas y de orilla gris rocosa volcánica, qué colores de estos expresivos dragones que evocan a godzilla en miniatura, qué lagartos tan fotogénicos como inofensivos que sin el menor esfuerzo destilan salvaje hermosura. Estos seres luminosos, endémicos de las Islas Encantadas, inspiran el nombre, las texturas y sabores de Cueva de Godzilla, de ahí que era mi abrevadero y punto de degustación gastronómica especializada antes de hacer el recorrido por Ciudad Vieja y su arquitectura barroca y tesoros patrimoniales que datan de los siglos coloniales. Concluida la vuelta de rigor entre soberbias catedrales, me dispuse a tomar el exquisito bajativo que es más que caminar un deslizarse calmoso, sobrado de tiempo, desocupado del mundo de termita Homo sapiens, por Callejón Anticuarios. Esta vía de exclusivo uso peatonal devino en amplia calzada de grandes planchas rectangulares de piedra azulada, simulando al camino del Inca provisto de porosidad para en días de lluvia evitar resbalones molestos y así facilitar el andar distraído entre las vitrinas de la variopinta oferta que en su abrumadora mayoría vende objetos decorativos intrascendentes, como dije antes son tiendas que no son anticuarios en sí sino un remedo de lo de Arturo.
La noche de media luna matizada por sendas nubes estriadas, vino seca y brindando cierto calorcillo primaveral que no es raro pero tampoco algo corriente en el clima montañés templado al pie del macizo de Los Pichinchas. Fue bienvenido el usar americana ligera merced a la calma eólica y la claridad atmosférica, caminaba sin el menor asomo de aire avasallante y con el ambiente histórico resplandeciendo como si un chubasco repentino hubiese acontecido hace poco, fungiendo de limpiador ocasional y, por añadidura, perfumando el lugar con efluvios de granos de café recién molido y aromas de menta silvestre de la montaña andina. De entrada, además de la inusual nitidez atmosférica me llamó la atención que no había gente en el callejón que tiene la etiqueta SS (seguro-seguro) para el turista nacional y extranjero, jamás se ha escuchado de conatos de asalto a desprevenidos transeúntes y peor aún de crímenes, es tal cual reza la leyenda municipal, sin ápice de exageración: “Callejón Anticuarios está libre de violencia”. O como dice parte de la letra satírica de Paseando en el cielo, del conjunto metalero SOS, “[…] soy una bestia feral pero acá seguro-seguro no he derramado una gota de sangre humana”. En todo caso, me sentía muy a gusto con la calzada vacía, al grado que lucía más original que nunca en vez de una ilusión temporal, y, después de algunas noches de media luna en el río del tiempo, ha prevalecido en la memoria así de atractiva y profunda.
Caminé absorto en el centenario silencio del callejón hasta topar con el granito del Anticuario de las estrellas (hago esta referencia a la noveleta de Siluro porque se me vino patente el momento en que al personaje principal, Vivanco, se le abre la puerta al espacio sideral… Sí, en una noche tan espectacular y fantasmagórica como la mía).
Las tiendas estaban cerradas al público aunque las vitrinas mostraban los productos de la oferta, parecía que los dueños acababan de cerrar sus puertas para tomarse un recreo nocturno a distancia de Callejón Anticuarios y que cualquier rato retornarían al igual que el vaho humano despedido por multitud de turistas. Sí, algo fundamental echaba en falta en la calzada sin que me percate a conciencia de ello, me había ido de largo a la pared de granito azabache porque titilaba cual cúmulo de estrellas vistas desde el desierto de Atacama, y yo era el escogido para atender su lamento celestial. No paré hasta que palpé y posé segundos las palmas de mis manos en el portal que de cerca perdió su magia estrellada y no se abrió para mí como sí lo hizo con Vivanco, por un momento había creído que se me iba a dar la puerta sideral y que desaparecería sin dejar rastro tal cual sucedió en la ficción de Siluro.
No es chiste, estaba presto a desaparecer a voluntad, quería ser succionado por la pared de granito, no importaba si hubiese sido para que al cabo “los marcianos” hagan ceviche del curioso impertinente que de una quiso ser viajero estelar. Esto de “los marcianos” devoradores de especímenes Homo sapiens, cual si fuesen rara exquisitez de la gastronomía galáctica, sí es un chiste. Ahora más que ayer no me cuadra en la mente que extraterrestres que conocen y practican traslados intergalácticos, que se sirven de la tele-transportación, no tengan para sí la integración molecular de su menú alimentario y nutritivo, ¿qué sé yo qué comerán?; de pronto, el aire es su comida y bebida, y en un santiamén degustan lo que les brinda el horno atómico de la buena mesa universal.
Creo que los monstruos lovecraftianos devoradores de hombres pululan dentro de mí, son las criaturas dantescas de un infierno personalizado; después de haber sido cliente VIP de Soda Bar Andrómeda, sé que es una realidad innegable que el ente de sin par belleza integral cósmica que se llevó algo de mí, o quizás lo correcto sea decir que tomó todo de mí, no se nutre en absoluto a semejanza del máximo bípedo depredador y omnívoro cadaverófilo terrenal.
Regresando de la pared sin haber sido premiado con un viaje a las estrellas, fue que tomé conciencia de que la realidad mía en Callejón Anticuarios superaba la aventura espacial de ficción de Vivanco. “¿Dónde estás?”, interrogué en alta voz como cuando se pierde una cosa funcional que se tiene a mano y de repente asoma en tus narices porque se movió de su sitio habitual lo suficiente para uno desconcertarse. Parado bajo el toldo de El Transeúnte, la tienda imperdible frente a lo de Arturo, revisé minuciosamente que los establecimientos vecinos con sus membretes respectivos seguían dentro de la normalidad aparente, y no daba crédito a la novedad que por fin se materializaba ante los ojos como sacada del Teatro Mágico… solo para locos, no para cualquiera, que atrapó a Harry Haller, alias el lobo estepario, con los irresistibles efluvios seductores de Armanda, la joven que en un vano intento de amansar al maduro y feroz espécimen aunque sí le enseñó a bailar el foxtrot… (A propósito, hubo chance para el humor y pensé que hubiese sido divertido practicar el alegre baile de las grandes praderas estadounidenses, “el paso del zorro”, aunque extraño, paradójico, siendo como soy lobo de páramo andino).
En el lugar preciso del que se había esfumado la tienda inconfundible de joyas de arte escondidas de Callejón Anticuarios, se mostraba intermitente un letrero rutilante de neón que avisaba de la presencia de un negocio ajeno, incompatible, en su totalidad no solo a lo de Arturo sino al espíritu de la calle romántica por antonomasia de Ciudad Vieja. Soda Bar Andrómeda, decía el cartel en letras rojas de fuente gótica ubicándose en el centro de una figura hipnótica monocromática, circular, que en primera instancia creí simulaba la boca de un túnel o agujero gusano en perspectiva. ¿Cómo fue que en el lapso de cuarenta días se mandó a mudar el anticuario de Arturo sin que él mismo no me haya avisado de su partida del callejón? ¿Cómo fue posible que no me haya enterado de un suceso que debió haber sido noticia en el ciberespacio que navego? Fueron las preguntas de rigor que me hice frente a lo que esa noche no me devolvió la imagen del anticuario que, cual rayo de lucidez, me hacía descubrir preciosidades para que dejen el anonimato de tienda y pasen a ser forma y materia sublime del hogar del montañés.
Estaba despierto y atento, tenía conciencia de que a lo de Arturo me dirigía no con la idea de comprar cosas que no quiero sino de hacerme de otra pinturita que aligera el alma y alegre la cruda realidad interior del existe-vividor. Quería una flamante obra de arte incorporándose a los arboles y las flores que expelen poesía acotada por muros de bambú domesticado, esto a falta de paisajes oceánicos como los que alimentan el espíritu inquieto del capitán del Mar de Sargazos. No era asunto de restregarse los ojos ni pellizcarse el cuerpo, frente al transeúnte se enmarcaba el túnel rutilante de Soda Bar Andrómeda en lugar del anticuario de Arturo, y hacia ese espiral hipnótico me dirigí con la firme intención de romper su encanto externo y ver de cerca su fealdad de neón. Quise forzar a que se despeje el fenómeno artificial y que tome la forma vulgar del negocio que había expulsado de Callejón Anticuarios al único establecimiento que respondía con creces y mayúsculas a la etiqueta de Anticuario. Me dije cruzando la calzada a paso de lobo vengador, que si había manera de entrar al sitio lo haría sin pestañear para descubrir cuán repelente debía ser por dentro, iba dispuesto a consumir uno o dos tragos de whisky, en lo posible Wild Turkey 101, y así pasar de tener pena de no volver a Callejón Anticuarios sabiendo que había rescatado a tiempo un tesoro de lo de Arturo. Pero la obviedad que iba a destapar con los sentidos me fue negada, nada de husmear en un soda bar intrascendente donde pedir whisky serviría para inferir las cuestiones indispensables, ¿qué ocurrió con lo de Arturo, a dónde se fue?
La forma, que más o menos a nueve metros de distancia, reflejaba una suerte de espiral magnética, la que yo creía una puerta falsa gracias a los efectos especiales de las luces de neón, resultó que no era ilusión óptica para devenir en una realidad insoslayable. La boca rutilante y monocromática de agujero de gusano, era la entrada en sí del soda bar, y dejó de ser un letrero alucinante y, de repente, la voz de Andrómeda me invitó a pasar con cadenciosas palabras que fueron directo al caletre. La voz de Andrómeda -¿cómo llamarla de otra manera?-, iba más allá de calificativos de sensual, picante, caliente, etcétera… diría que su llamado mental fue irresistible para el sujeto del pensamiento. La respuesta mía no se hizo esperar, ingresé al túnel sereno como si fuera asiduo cliente de Soda Bar Andrómeda. Fue un instante en mi memoria y sin embargo creí haber hecho un viaje largo e impensado en la nada, digamos que en cosa de segundos inmedibles en el tiempo astronómico pasé de estar estático en el túnel rutilante a verme inmerso en un ambiente saludable e íntimo que movía al relajamiento en vez de propiciar tensiones corporales. Estaba incorporado a una sala de estar magnífica, el piso venía cubierto de madera de fondo blanco con betas rojizas que se expandían cual red de micelios del reino fungi, esto bajo el techo visual que consistía en un domo solar y paisajístico tridimensional. La primera acción de voluntad fue cerciorarme del diámetro de la sala: conté sesenta pasos regulares de un extremo a otro y di una vuelta completa por el borde del límite marcado por la circunferencia del domo, fui palpando las paredes del contorno con las manos, eran hechas de la misma madera y colores que la del piso.
Conforme la modalidad de lo visual se fue acoplando a la sala, el diorama decorativo que cubría el techo y buena parte de las paredes, era visto desde cualquier lado la sala, su profundidad en perspectiva se acomodaba a la distancia de enfoque óptico y remitía la pinturita ideal de un pajonal de superpáramo andino que peinaba el viento y el sol naciente doraba sus hebras hasta toparse con la azulada roca cimera del Ogro Quilindaña. La voz de la anfitriona intervino en mi mente para comunicarme que era la pirámide estrato-volcánica del Ogro Quilindaña y de sus pajonales sublimados desde mi subconsciente. O sea yo mismo era el creador del diorama que ponía serenidad y alegría ambiental al lugar de Andrómeda.
El ser femenino que aguardaba conocer con los sentidos se materializó en el domo, ¿acaso fui yo el que encarnó a esa diosa cazadora? No hubo necesidad de abrir la llave de las palabras vocales, entablamos una conversación mental sin tapujos y sucedió lo que yo deseaba que se concrete: carnalidad pura y dura. “Muerte cruzada”, dije yo bromeando hasta el final. “No, esto más bien será vida cruzada”, dijo ella divertida. “¿No digas que me has inoculado una especie de virus creador de vida extraterrestre?”, dije sin ápice de aprensión por cualesquier intercambio de protoplasma que se haya producido entre nosotros. “¡Qué chistoso eres!, me refiero a que fuiste tele-transportado, es decir el otro está allá y tú te quedaste aquí, ¿entiendes, mi queridísimo representante de la humanidad?…”. Dicho esto esa figura perfecta de lo femenino en el varón domado, se des-materializó pero no se fue de la mente, ella dio explicaciones de todo lo que tuve a bien pedirle esclarezca mientras me hallaba de nuevo afuera del portal rutilante de Soda Bar Andrómeda, ya caminando por la calzada vacía en pos de salir del amable silencio y nítida atmósfera de Callejón Anticuarios.
A la verdad no estaba preocupado por cómo mismo funcionó la tele-transportación, si yo podía retornar a mi hogar seguía aquí y, el sujeto de la experiencia que se fue por el agujero gusano al planeta de Andrómeda, que prosiga allá con su destino manifiesto. De regreso a mi lar, cuando me enteré de la hora que era -antes de apearme miré con atención en el panel electrónico del taxi que me trajo a casa-, y vi que apenas daba diez minutos pasados de las nueve de la noche. No elucubré sobre la relatividad del tiempo porque lo que había sucedido en Soda Bar Andrómeda era una realidad indiscutible, así que sin encender luces como es mi sana e inveterada costumbre, y encima acolitado por el claro de luna iluminando los amplios espacios de circulación libres de puertas, fui directo al dormitorio y me metí en el sobre, y ¡buenas noches! Dormí de un tirón, tan a gusto que a la mañana siguiente disfruté como si fuese un santo saliendo de una temporada de infierno en el desierto de Gobi, los pequeños placeres de la ducha y el café sibarita hicieron el resto para agarrar al flamante día por los cuernos. Me tomó una hora y pico atender el tele-trabajo de ingeniero máster en proveer formulas mundiales para dinamitar mamotretos espantosos y espantables fruto del letal desarrollismo humano, esto fue actualizarme con el futuro en lo de ganarse el pan cotidiano, esta vez estuve inspirado y lo hice para los tres meses venideros, un récord; sí, tuve fortuna, la última ocasión tardé lo mismo en lograr las habichuelas de dos meses.
Por lo demás, las acciones posteriores a seguir tras el portento acaecido en Callejón Anticuarios, las dejé como tarea del descanso nocturnal. Evité elucubraciones diurnas de lo acontecido bajo el influjo lunar, remití al subconsciente lo pertinente al lado oscuro y tenebroso de mi encuentro con Andrómeda. La respuesta de qué hacer vino diáfana: no hice nada al respecto, solo tenía que aguardar a que la información me llegue por sí misma a través de los medios de comunicación del ciberespacio. Transcurrieron cincuenta días y me había mantenido en mi intención de no volver a Callejón Anticuarios, la fecha coincidió con mi gana de visitar la página literaria Deambulando, y recién sacado del horno virtual me encontró la noticia que quería escuchar, servida en bandeja de silicio por La crónica urbanícola de Mariangula: “Ha pasado una semana , el martes trece de julio del año corriente caí con la tardecita en Callejón Anticuarios, donde el plato fuerte fue develar, en exclusividad, el reino de Arturo, el anticuario […]”. Hurra, y mil veces hurra, lo de Arturo no desapareció, el que desapareció de allí fui yo.
Sigo siendo el mismo dinamitero de ayer y el individuo de allá, el espécimen tele-transportado, asumo también lo será porque, de acuerdo a Andrómeda, él iba a hacer su existencia a imagen y semejanza de la mía. En otras palabras hará la cotidianidad que esos seres que habitan una dimensión inmaterial le han implantado, esto sin que sufra traumas emocionales tipo nostalgia patológica. El ser de la experiencia tele-transportado tendrá sus demonios y ángeles interiores, vivirá a tope en el planeta diseñado para ser carne de cañón y a la vez edén de especies incorregibles como la nuestra. Andrómeda, me dijo de yapa, para una mejor comprensión del todo, de qué se trataba el experimento de los suyos: “allá estamos montando continental zoológico de especímenes Homo sapiens”.
por Juan Arias Bermeo | Jul 5, 2021 | Más Ficciones
Las aguas del río temporal han corrido lo justo para relatar a manera de psicoterapia los hechos acaecidos en Soda-Bar Andrómeda. Empiezo con los acontecimientos previos que desembocaron en el portento dado en Callejón Anticuarios. Sucedía que cumpliendo el mes o teniendo como tope inconsciente pasados cuarenta y cuatro días de la última visita a Callejón Anticuarios, volvía a él en plan contemplativo y de adquisición de piezas de arte tan valiosas como raras. No es que de antaño sea un ávido coleccionista de antigüedades sino que de repente tuve la necesidad estética de que el hogar minimalista que habito tenga un toque de artistas en el anonimato o en todo caso desconocidos para uno, deviniendo en obras que por una fuerza íntima impensada me cautivaron en el establecimiento denominado Arturo, el anticuario. Donde Arturo hice adquisiciones intempestivas de arte auténtico. Arturo nunca me mostraba más de una obra cada vez que entraba a su anticuario a ver lo que tenía que ver tras recibir expresa y sucinta invitación: “venga conmigo, caballero, acá tengo una maravilla que usted sabrá apreciar”. Arturo era el único anticuario que tuve la suerte de encontrar entre las tiendas de curiosas baratijas que en realidad eran el resto de establecimientos del famoso callejón que se remontaba a la época colonial, eso sí los dueños se esmeraban en montar una decoración tipo “Arturo”, que sin tapujos ni vergüenza les ha sido útil para chantarse nombres suculentos, por ejemplo, “Anticuario las 3 Manuelas”. Arturo, no les hacía ascos a sus compañeros de cuadra pues, a la sazón, se beneficiaba de ser la estrella luminosa del callejón sin salida que culmina en monumental roca de granito liza, cortada a pique, como si lo hubiese hecho una enorme máquina de diamantes atómicos, ofreciendo de lejos la figura de un arco del triunfo romano y de cerca la figura de un portal o túnel azabache que motiva a tocarlo para cerciorarse de que no es un agujero negro al infinito, aunque no extrañaría que así sea el rato menos pensado. De hecho, en el imaginario ciudadano, se llama “agujero gusano” a esta peculiar formación rocosa que ya inspiró una novela corta o cuento largo de ciencia ficción filosófica, del escritor macareño Clemente Simancas Castillo, alias Siluro, que titula Anticuario de las estrellas, recomiendo su lectura, y, si el lector ha tenido la suerte de haber sido transeúnte nocturnal de estos pagos, la obra rendirá a tope.
Supe que Arturo, el anticuario, era una persona de respeto y admiración desde la primera vez que ingresé a su tienda, atraído por el cuero etiquetado “Piel de Chivo Judas”, que se exhibía vertical en la vitrina y no fue porque me entusiasmaba el poder comprar dicho artículo, sino que me vino cual relámpago esclarecedor cuadros yuxtapuestos de la novela de Honoré de Balzac, La piel de zapa, y con ello una gana compulsiva de husmear largo y tendido en el establecimiento que se me antojó encantador y de donde, al cabo de los meses, salí con impresionantes mascarones de proa y en especial pinturas al oleo danzantes y de fuertes colores, de brochazos salvajes cual violines tempestuosos, de pinceladas armónicas y ritmos semejantes a las flautas y tambores de las fiestas indígenas del Inti Raymi. Así fue que nunca adquirí la Piel de Chivo Judas y, por añadidura, ni de lejos cosa parecida a cueros curtidos, por más atractivos que sean. No obstante, aquel objeto que en principio disparó en la mente el drama espeluznante de La piel de zapa, fue mucho más que evocación literaria, fue el detonador para meterme en la realidad de un mundo inexplorado hasta entonces, fue el impulso para dar un giro radical a las paredes escogidas en los interiores de mi hogar, que de repente dejaron de estar vacías, en contrapunto con el marcado minimalismo de gustos visuales casa adentro.
Arturo, intuyó apenas arribé al umbral de su tienda que se me había venido a la mente el anticuario donde la intención de un suicidio fulminante, piadoso, se alargó en las tensiones de un suicidio tan lento como insufrible, borrascoso, y cerrando con el último suspiro el deseo ardiente y primordial por antonomasia del suicida: morir mordiendo el rosado, turgente, voluptuoso, pecho de la mujer amada. “Nada que hacer con la piel tenebrosa de Honoré de Balzac, lo que vio es la piel pintona de un chivo Judas de las islas Galápagos, los llamaban así porque fueron obligados a hacer el papel de “Judas”, los chivitos involuntariamente ayudaron al exterminio de la plaga letal que constituyó su especie invasiva, plaga que arribó con los colonos de las islas y con el correr del siglo veinte se volvieron indómitos y se comían el escaso alimento natural de las tortugas gigantes. Una vez que era capturado el chivo que iba a fungir de “Judas”, se le implantaba un chip y luego era liberado para rastrear desde helicópteros su retorno a la manada y proceder con fuego aéreo de cazadores a su exterminio. Ayer nomás hicimos feliz trueque con el hijo del cazador que se llevó algo mío que ya tenía vendido con antelación y yo igual tengo vendida la piel que el futuro dueño la retirará mañana junto al chip identificador pertinente, no dudo de la procedencia de la piel y como pudo observar es una pieza fina, bien trabajada, pero usted no está acá para adquirir ninguna piel ni cosa similar a eso… lo digo porque tengo algo que sí le conviene”. Así más o menos me habló Arturo al inicio y luego me infirió la frase que cité textualmente arriba, y que repito cual mantra cuando me paro frente a una pared de las mías a contemplar la obra de arte que gracias a su anticuario las tengo colgadas a disposición de los ojos y el tacto del alma —“venga conmigo, caballero, acá tengo una maravilla que usted sabrá apreciar”—. No exagero al decir que cuando Arturo me lanzaba la frase clave, era inevitable que yo aprecie tanto la obra de arte que me era presentada que a la mañana siguiente la recibía en casa y con cierta aprensión la colgaba en la pared que había destinado con antelación, ni bien amanecía, para que la acoja en exclusividad. Al cabo, la aprensión era injustificada y eso le otorgaba un extra espiritual a la pieza, no solo que tenía íntegra a la obra de arte que me conmovió en lo de Arturo, sino que el remezón interior del ser era la afirmación cabal de que la pared es el complemento secundario ideal del huésped y el huésped el complemento despertador, regenerador, del anfitrión.
Me siguen agradando las paredes desnudas que no llegaron a alojar una única e irrepetible obra de arte, y en conjunto con las paredes reflectoras de creación artística resaltan, en nítido contraste, los cuadros vegetales, los mándalas vivientes de las ventanas del velero anclado en la altitud de meseta andina y su clima estacionado entre el otoño y la primavera. Antes de la aparición del anticuario de Arturo, para qué quería adornos teniendo el mándala del arupo blanco y su selvita, el mándala del chereco y su selvita, el mándala del arrayán y su selvita, etcétera. Y de súbito, sin cargar con más de una obra arte por pared, evitando el horror que provoca llenarse de cosas que los ojos pasan de contemplar y el tacto rehúye sentir, al cabo tengo la esencia de lo artístico irradiando la modalidad visual, más allá de paredes vacías o llenas. Tenía una biblioteca con incontables libros, no los conté desde que empecé a acumular volúmenes grandes y vistosos por una suerte de vanidad intelectual de presumir de insaciable lector ante otros «insaciables lectores» que sacaban pecho de sus propias bibliotecas, y al preguntarme cuántos tomos contenía mi librería, haciendo una mueca de no sé con exactitud cuántos pero sí sé que son demasiados, replicaba: “creo que ya van por los cuatro mil y pico, ¿qué sé yo?”. Y ese ¿qué sé yo?, de a poco, vino a ser fastidioso porque ni siquiera hacía cuentas de cuántos libros había sentido cual corrimiento telúrico, de cuántos libros apenas había hojeado, de cuantos había leído y releído como un viajero espacial reconociendo otra Tierra y, por real aproximación a ella, reconociéndose a sí mismo en la profundización del ser oscuro y olvidado del sí mismo.
Un buen día, bueno de verdad, me visitó Franz portando la tarta preferida de él y que en esa ocasión también fue mi golosina predilecta, la tarta de manzana que Franz no disimulaba su orgullo por haberla horneado. Se trataba de la tarta lograda en base a las frutas maduras que con sus manos recogió del adorado árbol dador de suculentas manzanas. «Vamos a hacerle honores en la biblioteca… que sirva para algo mi cementerio de libros», dije ante el asombro risueño de Franz por el jodido chiste mío. Una vez instalados cada quien en su canapé árabe, como mandado a hacer para el momento vino el tema de la biblioteca, esto aprovechando que estábamos ahí tendidos y relajados por la degustación de la torta de manzanas, de convertidos en estómagos diletantes y mentes abiertas al diálogo. De pronto dije lo que él quería escuchar a manera de sincero agradecimiento: “Sabes hermanito, en una biblioteca ahíta de libros virginales, no hay mejor tarta de manzanas que las que uno cosecha con sus propias manos, mejor dicho las que vos trasladaste del árbol a la cesta y de la cesta al mesón de cocina donde montaste la receta que el horno devolvió en digna torta de Adán”. Y para reafirmarme en lo dicho saboreaba con fruición cada pedazo atrapado en la boca de la mitad de la torta que me tocó; sí, como si fuera un descubrimiento gastronómico mundial. Imagino a Franz y su tarta de manzanas, visitando a Pablo Neruda, allá en lo que es hoy la Casa-museo Nerudiana de Isla Negra y, habiendo el vate paladeado la exquisitez le habría dedicado un homenaje poético tan sabroso como “Oda al caldillo de congrio”.
Franz, a la hora de agasajar el gaznate con vino blanco chileno, un caldo afrutado de fuste, me supo expresar que sintió una cosa parecida a la pena al posar la vista en la ordenada e impoluta biblioteca mía. “Sí, está toda limpia y perfumada con fragancias de eucalipto, pero la percibo desangelada, parece que tu alma no se zambulle en ella, no exagerabas cuando entre chistoso y jodido dijiste que era un campo santo de libros, se nota que tus dedos ya no palpan en su sabiduría”, dijo con voz cavernosa e intencionada mirada acusadora, solo faltaba que me señale con el índice y me arroje del ambiente librero que se sostenía a fuerza de profilaxis. “Sí, de un tiempo acá la tengo de adorno, jamás me agradó leer sentado durante la plenitud de la luz solar y dejó de ser apetito del alma leer de noche recostado en este canapé o bajo sábanas en el dormitorio, me molesta la luz artificial de las bombillas, y siento grima de ver esa cantidad de libros apiñados, inactivos, dormidos, aguardando ser pasto intelectual o espiritual del dueño que los desdeña, al punto que hasta he tejido visiones de que los bomberos del gran Bradbury, los personajes siniestros de ficción de Fahrenheit 451, llegan a mi hogar a quemar hasta el último libro de la abigarrada biblioteca del subversivo denunciado por…”. Franz emitió festivas carcajadas y copa en mano se levantó del canapé, le hizo mucha gracia que haya mentado a los bomberos de las distopía de Bradbury, aquellos que no apagaban incendios sino que los propiciaban, incinerando más que libros quemaban el símbolo del alimento del alma. Tragicómico era verme, en Fahrenheit 451, tendiéndome una emboscada a mí mismo. “Hermanito, qué oscuro te pusiste en medio de la claridad, mas aquí estoy inspirado para hacerte una oferta mejor que la de los bomberos incendiarios y de facto rescatar tu biblioteca de las visiones dantescas que generas por haberla echado al abandono profiláctico…”.
Si Franz tenía algo fenomenal que ofrecerme además de la torta de Adán, por inercia iba a ser el florecimiento del árbol de manzanas que rumiaba en mí paladar. “Venga tu propuesta, desembucha hermanito”. Franz, preclaro y conciso como es, no se hizo esperar, y la cosa rodó en satinada plancha de mármol de Carrara, hubo trueque. Yo doné mi biblioteca entera, incluido mobiliario, a la Fundación Pompas Paradiso, y Franz a cambio me donó un paquete exequial a mi medida en las instalaciones de Paradiso. Tuve yapa, cuando se concretó la primera parte del trueque porque la segunda parte la pondría yo de cuerpo presente como sujeto de adioses nada fúnebres, recibí obsequio sorpresa que me sacaría de un estado catatónico frente a los libros, el dispositivo electrónico para leer libre de bombillas en la noche cerrada y llena de murmullos de animalitos nocturnos que como yo huyen de la contaminación lumínica. A mano tengo el lector de libros anti-reflejo que apenas pesa como una obra de cien páginas o menos, provisto de luz discreta e interna que no cansa a los ojos. “Aquí el libro que contiene a todos los libros”, fue la nota que vino con el dispositivo irrompible; si estoy leyendo algo que me pone eufórico lo lanzó a chocar con la pared y rebota indemne al piso. He vuelto a leer a conciencia donde respiran mis ángeles y demonios; viajo en pos del adentro en la noche más oscura, lluviosa, de relámpagos y truenos.
Del trueque salimos ambos beneficiados e incluso, cada quien por su cuenta, presume de haber hecho un gran negocio. De mi lado puedo decir que más pronto que tarde hubiese ido donde Franz a solicitarle me incluya en calidad de cliente intempestivo en el calendario de actividades de Paradiso, lo que sé es que en dicha empresa uno participa a cabalidad como ser vivo y consciente antes de dar el espíritu a quien corresponda en el universo o multiverso; creyente o no propones la forma y fondo de lo que será la despedida de este mundo en los predios sinfónicos de Franz. Lo cierto es que Paradiso te entrega una demostración visual de cuán imaginativo y dichoso será el evento exequial (sí, para los invitados tiene que ser una ocasión feliz para los sentidos y la mente porque no existen pompas fúnebres en Paradiso, no hay lugar ahí a semejante oxímoron). Fue genial que Franz se adelante en el tiempo a mi intención de contratar los servicios de Paradiso, la cosa vino por sí misma gracias a la gentileza de compartir la torta Adán conmigo, y que yo haya escogido la biblioteca para engullir la golosina entera y que de ahí se pasó al meollo del diálogo rociado por el vino blanco del vate de Isla Negra, fue la consumación de la genialidad.
Es curioso que me encuentre a la fecha activo con el libro virtual que contiene a todos los libros que como lector aristocrático escojo para experimentar. El menú principal del trueque, los adioses definitivos, están en lista de espera en Paradiso. La actualidad es releer el Quijote, releer el Ulises joyceano, y por arte sincrónico internarme en la profundidad junguiana del Libro Rojo.
por Juan Arias Bermeo | Abr 13, 2021 | Más Ficciones
Entro a la zona de amortiguamiento del Charco contemplativo, ha llovido y la senda barrosa serpentea entre verdes sudando en la maleza y el bosque de árboles lechosos dispersando perfumes salvajes de dríades propiciando mugidos de estación de acoplamiento de tortugas gigantes. Jilgueros trinan y se extraña la larga ausencia del pájaro brujo que, a la sazón, no he avistado ni siquiera de lejos en las tantas inmersiones que he venido haciendo a los fragmentos de isla que son parte del menú de andar y ver, fragmentos que en sí constituyen mundos aparte, son creaciones prehistóricas que han venido incorporándose al comensal ancestral conforme se descubren en tiempos y espacios distintos. Me congratulo por ser un “comensal ancestral”, ¿a quién de mis conocidos reales o de ficción se le ocurrió esta regia auto-denominación? No existe una respuesta exacta, siendo que fueron algunos a la vez -me incluyo en ellos- los que lanzamos al “comensal ancestral” en el ciberespacio conocido… y más allá aún. Lo verídico es que le calza bien al sujeto de la experiencia y del descubrimiento que está descendiendo por amable desnivel hacía el charco contemplativo, eso sí batiendo barro y enjuagando, en menudas concavidades que han recogido agua lluvia, las sandalias de senderismo con suela para doblar espinas y provistas de tracción pantanera.
Penetré al mundo de las tortugas gigantes del oeste embebido en los aromas, flujos y reflujos del próximo encuentro con el charco contemplativo. Qué me deparará la vuelta de rigor al silencio que durante meses abastece de cantares prístinos a la mente del citadino anclado en la desquiciada megalópolis Medusa Multicolor, que en sí es el reino del sujeto sujetado a sus herramientas desarrollistas y los objetos inherentes al diario tránsito por versátil contaminación psicobiológica, psicofisiológica, el pan de cada día para la estupidización de la especie humana, ejemplo rampante, el ente del rendimiento positivista que no pasa de la tercera página de una ficción exigente. Sí, tengo una isla verde dentro del purgatorio terrenal de la rebelión de las masas, es el mínimo espacio arbolado que permite respirar dignidad entre la prisa de los engranajes que mueven la máquina del colapso del planeta de los humanos.
La inmediata anterior visita a este lugar que me llena de la gracia original de lo mudable, se difumina para dar paso al tiempo mágico y al instante de siembra, a la vida suculenta en borrador e incorregible. Los huecos oblongos construidos por las tortugas para ser espacios de higiénico placer, otrora vacios y cuarteados en la temporada de sequía, están húmedos, semillenos y dispuestos para rebosar de agua lluvia. Vacíos no lucen, y hoy resaltan los ocupantes refocilándose en ellos; son tinas que tienen espíritu porque ha llovido lo justo para ser animadas con gracia tortuguil. Y es el tiempo de piletas ovales agradecidas por recientes aguaceros que las vuelvan una tentación ineludible para el hedonismo acuático de regios especímenes de Chelonoidis porteri. Cuánta poesía derrama el sotobosque cuando se muestran los quelonios beneficiándose de bañeras hechas a la medida de su soledad aristocrática.
La expectativa mayor era cómo iba a encontrar los parajes selváticos de orilla y cómo se presentaría el charco de mi ambición contemplativa; al cabo, la senda estaba despejada aunque en ciertos tramos había batido barro con los pies, y no se había perdido bajo el agua que en pasada visita me llegó a las rodillas y con ello me negó la entrada a la fuente inundada. Sí tuve acceso a espacios herbosos húmedos pero fácilmente transitables antes de toparse con lirios vistiéndose de gala para el banquete de mariposas monarca. De repente alzo a mirar al cielo celeste parcialmente adornado por nubes volanderas que se reflejaba en la fuente, y veo la réplica del instante. Con esto quiero decir que tengo ante mí al otro espectador que me observa como yo a él, ambos alzando a ver hacia arriba y en el espejo del agua que de súbito se formó sobre mí y de hecho sobre el charco replicado o desdoblado en el cielo abovedado y que seguramente para el de arriba es al revés… complicado es esto de contarme a mí mismo el fenómeno pero la cosa fluye nítidamente en los sentidos comandados por la modalidad visual. Mi momento es tu momento, dijimos yo y el otro yo al unísono. ¡Qué serendipia!, vine a encontrarme con las tortugas gigantes copando el paisaje de la cocha y me hallo conmigo mismo arriba y abajo, pues, en el reflejo de la película de agua veo igual al trasunto que alzando a verlo al son de tibio viento. Al cabo, el otro yo –de cada cual– se expresa y reflexiona idéntico. El humedal se había expandido y con ello haciendo que desaparezcan las pinturitas veraniegas de playitas copadas aquí, allá y acullá por sendas manadas de quelonios bañistas, y no había tampoco cáfilas de patillos brincando al agua desde trampolines rocosos para nadar en hileras cruzadas. No extraño la voluminosa y gentil presencia de las tortugas gigantes porque tuve suerte de que en el sendero retozaban ya en soledad, ya en parejas y tríos beneficiándose de piletas aristocráticas.
A golpe de ojos mansos y adormilados apenas se habría reflejado una charca verdosa vacía de las especies zoológicas endémicas que engalanan el bochorno vegetal, pero no es la charca de aguas fangosas recalentándose en la quietud de bosque primario lo que veo porque estoy inmerso en la modalidad visual del bípedo despierto, y es la que se disparó duplicando el paisaje y al espectador donde por obra de caprichosa meteorología se esfumó el balneario, el comedor y el abrevadero de tortugas gigantes, donde batir y untarse de lodo no solo limpia y provee vitaminas a su cuerpo acorazado y piel rugosa, sino que viene a ser idóneo desparasitante externo. Aquí flota la poesía de nenúfares de isla tropical sudando el medio día. Y más allá de cualquier observación naturalista tengo por delante a la fuente de las delicias festonada por bosques de manzanillos y guayabos que la circundan.
Me veo haciendo la vuelta a la doble charca, ya por dentro pisando entre lirios de flores fucsias y pastizal reverberando cara al sol, ya por fuera tomando el senderito abriéndose paso en la espesura de ramaje artrítico de guayabos barbudos y manzanillos de frutos prohibidos al paladar del bípedo goloso. Aspiro el aire benigno de la fuente de las delicias, es parte del maná del que estoy siendo convidado en este esplendor y hechizo mimético. Evoco a la avifauna del lugar y su reflejo asoma en la película acuática: hileras de coloridos patillos, gavillas de gallinulas de cresta roja; una pareja de garzas de Tero real picoteando larvas en la orilla, las mentadas monjitas americanas dan zancadas dejando terrosa estela a su paso; fragatas magníficas provenientes de la línea costanera portan consigo música de cuerdas aerodinámicas al quitarse la sal del cuerpo emplumado con sacudidas fulgurantes, un pestañeo sumergidas y a mandarse a mudar.
por Juan Arias Bermeo | May 14, 2018 | Más Ficciones
“Nos olvidamos de que nunca está nadie más activo que cuando no hace nada, nunca está menos solo que cuando está consigo mismo”. (Catón)
La mente no prescribe ante el tiempo y tiene como compañero de viaje, en este punto del planeta azul -licuándose-, al cuerpo que le tocó despertar para que se entregue a la rutina de ejercicios y abluciones que hacen renegar a mi trasunto, el jovial Chancholovo, cual amaneció con el síndrome de apóstata que ha puesto el olfato en el manjar consagrado de Semana Santa, y sugirió ir a por un baño de pueblo en la Plaza de la Independencia y de paso saborear la Fanesca Vegetal que la hizo famosa el Café Madrilón. “Rica suerte la suya, no tiene otro horario y calendario que el suyo”, me dijo Genaro Bustamante apenas lo puse al tanto de mi intempestiva visita a la plaza donde atiende consulta con voz de tenor. Ahí estaba con el loquero musical, en el centro de Plaza de la Independencia, al pie del héroe epónimo que cohabita con las cuatro grandes joyas arquitectónicas de la patria que persisten a la fecha, que interactúan entre sí con sincronización siglo XXI, a saber: Manicomio Estatal, Manicomio Metropolitano, Manicomio Eclesiástico, Manicomio Positivista Irracional (el más monumental y abarrotado de los cuatro).
Amanecí rumiando la cita de Catón que encontré ayer inspirando el ensayo filosófico La sociedad del cansancio, del pensador coreano Byung-Chul Han, que escribe al amparo de la lengua de Nietzsche y Heidegger. Hice lo de todos los amaneceres, reanimarme. Reanimado el cuerpo la mente lo integró a la pinturita del florido arrayán que a su rededor ha salpicado farolillos amarillos perlados por el rocío matinal. Todavía puedo renacer tras delicioso preámbulo entre cantores alados que atenúan el espasmo de la materia calentita en su cueva, donde los huesos amanecen dudando si están vivos o muertos. Vine al día de máximo ayuno de esta Semana Santa, ayuno taxativamente simbólico. Los feligreses evitan fagocitar carne de mataderos de animales terrestres, yo muy campante la evito a diario y sin sufrir recaídas, y eso cuando aún tuve a mano los últimos jamones serranos de casa Chancholovo -que fueron permutados por vegetales-, dado su gran valor en mercado saque ventaja del trueque. Ahora menos todavía me tienta atragantarme con un filete sanguinolento en los templos del carnívoro, nada que ver con la dolorosa abstinencia del alcohólico o drogadicto anónimo. En mí no hubo ni hay fuerza de voluntad para huir de lo que fuera mi adicción a devorar tres veces por semana el lomo de falda apenas cocido a la plancha, y al menos una vez al mes el solomillo de res crudo, servido al modo tártaro. Sin contar con la degustación del exquisito jamón serrano del séptimo día con Adelaida. No hubo transición para esta metamorfosis radical, de la noche a la mañana me volví rumiante total (yo que usaba el término rumiante para burlarme de los vegetarianos, y lo de rumiante total para hacer mofa de los veganos), y, de repente, fue como si no hubiese sido otra cosa que rumiante total.
A la fecha proclamo a mucha honra mi condición de vegano, ya ha pasado el tiempo suficiente para mostrar sin ambages lo que soy en el ámbito gastronómico. Por añadidura, el veganismo, ha venido a ser una suerte de homologación con el rumiar innato de mi alma raskolnikoviana-kafkiana-sabatiana.
Para racionalizar mi súbita transformación de casi carnívoro total a rumiante total, tengo una explicación que no escatimo a nadie que pregunta por la razón de mi extremismo gastronómico. Sufrí una premonición con imágenes nítidas e indelebles de mí mismo, sucedió en instantes de vigilia clarividente, poco antes de ser presa de las profundidades oníricas. Si tuviese que ponerle título a esa escena en una ficción, relato o novela, sería El amanecer del antropófago aristócrata. Era yo con mis modales epicúreos desayunando radiante, disfrutaba a rabiar del solomillo al tártaro fruto de anónimo Homo sapiens. Desde entonces tengo la certeza de que la próxima vez que coma carne cruda será de la proveniente de los tantos mataderos humanos que existen en el planeta Tierra, así dejaría de ser inconsciente o pasivo antropófago para pasar a ser activo o concreto antropófago.
La semana de la Fanesca, es un ejemplo flagrante de cómo se hace lo contrario del ayuno que predica la Santa Madre Iglesia Católica, Apostólica y Romana. El llamado al recogimiento espiritual de estos días se convierte en pretexto para la voracidad de los feligreses o no, similar al ente glotón que ataca en navidad. He dicho que soy creyente, creo en la indestructibilidad de la mente frente al tiempo, me he cultivado para mudarme con la contemplación de lo divino que hay en el andar y ver del minitransecto nacional que se proyecta a megatransecto transnacional. Chancholovo, es la afirmación de la tripa reivindicando las dulzuras del gastrónomo exigente lejos del apetito troglodita.
Estoy consultando, para evitar invenciones ridículas, que atormenten el buen juicio de los gastrónomos nacionales, cómo se lo define técnicamente a este potaje que fue denominado Fanesca Vegetal, y para ello me valgo de su creador, una autoridad en las cosas de comer, consultando su Diccionario de la Alta Cocina Ecuatoriana. Me refiero al cocinero de selva Pompilio Dela Cruz, para los nacionales; Pompilio Delacroix, para los súbditos de la Comunidad Económica Europea y sus aliados de Norte América. En lo que me agrada y concierne, tomo lo siguiente del Diccionario de la Alta Cocina Ecuatoriana: “Fanesca Vegetal: no es émula ni rival del platillo señero de la tradicional cocina ecuatoriana, la Fanesca que nos llega al paladar exuberante, indómita, porque fusiona el bacalao danzarín (encantadoramente seco, del que no sobra en su lugar de origen, las islas Galápagos), con los granos sobrios, dulces, de los valles fértiles apostados en la meseta andina. Gastronómicamente hablando, la Fanesca Vegetal, resulta sabrosa, potable, sin ser delicia desbordante. Este platillo fue creado para ser un antojo vegano de Semana Santa, recalco en que no compite con la Fanesca tradicional sino en lo referente a la cantidad y calidad de sus ingredientes…”. Vaya jerga la de este tragaldabas residente en la hostería de pluviselva Remoto; no obstante que está refundido por la cuenca media del río Napo, allá en la bioalegría asaz degradable por su fragilidad ante el positivismo irracional, su imaginación comestible está presente en Plaza de la Independencia a través del programa de menús de Café Madrilón.
Desayuné temprano y con frugalidad para no estropear el banquete que me aguardaba a mediodía en el Café Madrilón. Cierta angustia me acompañó en el desayuno frutal, por una cosa que no son los encargos estadísticos que le hacen al matemático Lovochancho para que se gane el menú de mantel largo que pide Chancholovo a diario, que se ha vuelto minucioso a la hora de escoger en la variedad del mercado de ingredientes vegetales, luego de que de golpe desaparecieron en su despensa los productos cárnicos y lácteos, que sumados eran como tres cuartas partes de su dieta cotidiana. Fuera del hogar arbolado, rodando anónimo por la vía rápida, me sucedió lo que ya no es desagradable para mí cuando dejó pasar ocho, diez, quince días sin salir de casa, sin circular por las arterias ahumadas de la metrópoli ni entrar en sus templos del consumismo, sentí estar de paso en Matrix. Antes –hace un eón- me perturbaba la sensación de estar desconectado con la realidad de la metrópoli bullendo, hoy cumplí quince días sin ver afuera de mi agujero guangopolero, y aproveché la ocasión para hundirme en el pulso de la milla histórica como un visitante de otra dimensión.
Han pasado seis días, llegó el séptimo al que se le debería añadir al menú de casa Chancholovo una gracia, el ingrediente afrodisíaco de Adelaida Matute, quien no se había quejado en serio por mi “locura vegana” siempre y cuando no falten buenos postres y buenos vinos, el rumiante total le venía cual capricho cómico o manía inocua. Mi “locura vegana” no fue la causa de nuestro rompimiento, lo otro hizo que hoy esté ausente de mi morada guangopolera, todo por los papeles que en sí no vendrían a ser la formalización de nuestra relación amorosa sino meterla en formol.
Ya de pie en el centro histórico, con tiempo de sobra para darle una vuelta de rigor, caminé cual turista en asombro, husmeé relajado por los recursos turísticos de la lista patrimonial, evitando caer antes de hora a Plaza de la Independencia. De paseo por las callejuelas del casco colonial apenas extrañé la falta de las dulzuras venusinas del séptimo día, me felicité por acolitar el instinto de Chancholovo y no quedarme en casa a sufrir el desaire que le hicieron al macho endemoniado. Con el baño de masas se diluyó el amago de inestabilidad emocional al que pude haber desembocado si me quedaba en casa con la autocompasión de compañera. Perdiéndome en los encantos desempolvados de la milla histórica, haciendo como si el lumpen fuese un atractivo añadido, pude enfrentar con meridiana claridad el hecho de que no habrá más intercambios de fluidos corporales con Adelaida Matute. Sí, ella me hizo el favor de cortar conmigo cansada de amenazarme con hacerlo el rato menos pensado. Así fue porque no hice mención de formalizar lo del séptimo día para que sea un día cualquiera, un día muerto, un día obtuso, un día triste, en fin, me negué a que nuestra jornada baquiana se esfume en Matrix. Viéndolo bien tras esta jornada en Plaza de la Independencia, es de agradecer, y mucho, que la última vez nos acopláramos como si no hubiese otra ocasión para la acción de nuestra libido en brasas. Con ello nuestra relación quedó congelada como un rapto feliz e irrepetible. Nuestra historia de amor no podía tener un final más feliz, librándome de la maldición de los eternos jóvenes de Eskorbuto para los que habitan en Matrix. Mientras más días me alejo de Matrix más fuerte escucho en mi cabeza la frase final de una de las piezas musicales potentes y desesperadas de Eskorbuto: “Estáis muertos, estáis muertos… cerebros destruidos”.
Ella me exigió la firma de notario y, por añadidura, la bendición de un curita para ser infelices por el resto de nuestros días, sonaba lindo lo que reivindicaba: “Nuestra relación es demasiado lovochancheana, o chancholoveana –o como tú quieras incorporarla al extraño lenguaje que manejas-, pero el asunto es que tenemos, óyeme bien, ¡sí o sí!, que efectivizar lo del compromiso ante las leyes del hombre y sobre todo ante las leyes del Padre Eterno”. Tú propusiste la muerte de Eros y yo escogí el renacimiento de Eros. Que es si no lo del curita haciendo juego de equipo con el notario, ambos siendo necesarios para honrar nuestra devoción semanal a Eros. A tú quimera de vivir acompañada la convertiste en idea fija.
Papelitos, me pedías papelitos. Yo que nací indocumentado, no tengo el menor apego a los trámites que impliquen derivados de celulosa o petróleo de por medio. Para navegar en el ciberespacio no me piden pasaporte ni visados en regla, y nada me impide crear mi propia utopía. Este estado de semisalvaje a semiplatónico, de medio visible a medio invisible y viceversa, con las respectivas gradaciones del caso, es el mío. Mi amigo Genaro Bustamante, loquero burócrata por necesidad de un sueldito a tiempo, psicoanalista de los artistas filósofos de la Plaza de la Independencia y del café Madrilón, por innata vocación de servicio a la comunidad, afirma que lo de semi-tal y lo medio-tal tiene un significado a la luz de su secta: “Cholito…, yo sé que usted no suele alterarse por mis juicios del alma ajena. Que no le quepa duda, hágame caso, no necesito ser el Sigmund Freud ecuatoriano para concluir categóricamente que lo suyo es un tránsito incesante, circular, de ida y vuelta, entre sus fluidos protoplásmicos visibles –súper consciente diurno- y sus fluidos protoplásmicos invisibles -subconsciente nocturnal-”.
Cuán agradable es charlar con este chamán ad-honoren, de traje y corbata moderados por la honradez, que atiende consultas gratis (Bustamante come de su trabajo de loquero del Manicomio Estatal, de lo que comparte de la sabiduría de su secta psicoanalítica no cobra un centavo arguyendo con júbilo, “de eso sí vivo”), a la intemperie en la Plaza de la Independencia, cuando la meteorología lo permite, o sea si no llueve. Acá no hay más que dos estaciones, la primavera y el otoño, que se intercalan sin concierto ni respetando el turno de cada cual en el calendario climatológico. Ocasionalmente atiende consulta bajo techo, tomando la mejor agua municipal del mundo (como califica al liquido precioso que brinda el páramo de la reserva ecológica del volcán Antisana), y beneficiándose del menú largo estrecho del Madrilón. Hoy lo invité a servirnos de la Fanesca Vegetal de temporada, tomando una mesa de mármol con vista al rincón de los artistas filósofos. El principal del café Madrilón, Tomás Vanbeberen, implementó para los artistas filósofos un rincón que apenas alimenta la caja registradora con espaciados tintos sobre la marcha de sus regias disquisiciones, a donde llega la mejor agua municipal del mundo en jarras de cristal festonadas con cubos de hielo. Bustamante dice que el rincón de los artistas filósofos le rinde tanto al dueño de Café Madrilón como las facturas de provecho: “es una estampa que da dignidad a su boyante establecimiento”.
Adelaida Matute no se ha enterado que los enlaces tipo matrimonio no los separa la muerte sino la ¡vida! Estábamos gozando de equilibrio así separados, a la sombra del saludable instinto de la distancia, sí, comprometidos con nuestra libre individualidad reunida en el lecho de los que saben que lo de pasar acompañados es eso, “pasar”. Adelaida, mi amor del séptimo día, pasar acompañado no es vivir acompañado, nadie existe para otro sino es inventando a ese otro. Te había imaginado para compartir el séptimo día, que es como festejar cada semana el nacimiento solar de Venus, y tú eras ella sin que me acostumbre a verte igual a ella: renacías, renacías, libre y silvestre cada seis soles. Maldita sea la hora en que me abandonaste por querer ser tú en una intimidad que no es la tuya.
Mis cofrades alemanes están experimentando cosa parecida a lo que este matemático ecuatorial pregona robando la sentencia del chamán de Plaza de la Independencia, que textualmente dice: “A los matrimonios no los separa la muerte sino la vida, ¡carajo!”. Ellos son astrónomos de campo, prácticos, y tienen una salida para la frase de Bustamante. No sé cómo los matemáticos nórdicos harán para aullar el ¡carajo!, pero lo que hicieron con la pesadilla de los papeles es encomiable, y usando los mismos papeles es lo esperanzador del asunto pues, ahora, con otros documentos pueden anular la enfermedad que contrajeron o seguir enfermos si les da la gana, dejando la posibilidad de rendirse a eso de que la costumbre es más fuerte que el desamor. Así se embarcan en contratos matrimoniales que duran de dos a cuatro años, es decir los cuatro años largos que como máximo perdura, científicamente hablando, el deseo carnal mutuo de los esposados.
Encantado firmaría un contrato matrimonial renovable de seis meses con Adelaida; como es natural, al tenor de las leyes de mi utopía. De hecho, especificando en una cláusula, que las obligaciones conyugales sólo tendrán efecto un día pasando seis días de por medio, y sin que haya consecuencias reproductivas que sumen vástagos a las ingentes masas humanas, nada de formar familia en Matrix. Añadiría otra cláusula que especifique que al octavo día, o sea la jornada que sigue a la conjunción del séptimo día, si uno de los dos implicados en el empate semanal quiere romper con el otro, bajo cualesquier razón, adelantándose a los seis meses estipulados para la posible renovación del contrato amoroso, lo puede hacer ipsofacto, sin consecuencias judiciales o morales. He ahí las enmiendas fundamentales que haría al contrato matrimonial de mis cofrades románticos de la Selva Negra.
Encargué a mis secuaces de Islandia que levanten mi pedigrí rosado. Me llegó anteayer, ya está colgado como el único diploma digno de ser exhibido en las paredes del hogar. Este pedigrí rosado certifica hasta la cuarta generación mi naturaleza de lobo hiperbóreo. La parte chancheana de mi ser no tiene ninguna confirmación en los libros genealógicos del orbe; mejor dicho de ese lado no existen los trámites de registro genético, por ello Chancholovo es mi alterno, está condenado a ser suplente hasta el fin de nuestra sociedad material, puede sugerir o exigir lo que le venga en gana pero el que decide y manda es Lovochancho. Adelaida se burlaba de lo del pedigrí de Lovochancho, según ella era otra ficción mía. La facilitadora en divertimentos digitales, maestra en electro-felicidad, nunca va a ser más noble que Lovochancho así sea el reflejo rasguñable de Venus. Aquí tienes mi pedigrí, incrédula vendedora de electro-paraísos, mira de una vez si te electrocutas de dicha con el trabajador que te firme los papeles, y a ver si te brinda el dulce cimarrón en su punto mágico. Capturarme es como pretender atrapar el crepúsculo.